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viernes, 25 de septiembre de 2015

Adiós, mito (Un cuento de Marcelo Wio)



Algunos parecen predestinados a ser ídolos: no importan las limitaciones técnicas, los rasgos ásperos, la poca ductilidad verbal. No importa nada de esto: los tipos, audaces como cualquier otro, tienen un algo (un aura, una potencia anímica, vaya uno a saber qué es lo que tienen, si es que tienen algo, o ese algo está en la mirada que los admira) que los encumbra en la zona de las preferencias perdurables.

Ese era el caso de Obdulio Alvarado, que entre 1960 y 1977 jugó en Chacarita, River y en el Internazionale de Milán. Un seis de esos que imponen respeto (en definitiva, temor, julepe); de los que, aunque sin riqueza estilística alguna, salen jugando con criterio. Un seis que parecía toda una defensa, allí, plantado en la región de la medialuna del área, donde las piernas rivales inspiran muy poco respeto.

Amado el tipo. Venerado. Idolatrado. Su retiro no disminuyó esa devoción; por el contrario, acaso la incrementó (ya se sabe que  el tiempo da lugar a que la memoria dude de sí misma y permita las adulteraciones, agrandando hechos, disminuyendo mezquindades: creando mito, en breve).

Así fue – como antes fue con tantos otros jugadores; como seguirá siendo con otros tantos – hasta que apareció como DT de Banfield. Fue verlo ahí, de traje, ya cariado de años, gesticulando como un mal actor que cree que el histrionismo es un recurso válido para suplir las falencias del talento, de la preparación artística (y todo lo que hace es, si no habían sido notadas, evidenciarlas y, en caso contrario, exagerarlas hasta el ridículo).

En la 5ª fecha se escuchó la primera puteada (origen sureste, dirección norte-noreste debido a un viento de componente este). Desde hacía dos fechas que venía gestándose, masticándose en más de una voz (tal vez, desde la mismísima segunda parte de la 1ª fecha, incluso). El equipo no es que jugara mal, sino que parecía practicar otro deporte. Banfield lo había llevado a Alvarado como entrenador para ver si un golpe anímico sacaba al equipo de la zona de descenso – el promedio, con todo el campeonato por delante, ya entonces parecía inexorable, insalvable.

Pero Alvarado no era un motivador (suele confundirse la facilidad para auto-motivarse con la de transmitir esa misma motivación por vía de la palabra, al resto) y, mucho menos, un estratega. Es más, Alvarado demostró no comprender nada del fútbol (desde una perspectiva, digamos, integral). Tenía menos dibujo táctico que Joan Miró.

La puteada, decíamos (5ª fecha, minuto 37 del primer tiempo) fue tímida, casi un acto fallido del aparato fonador, algo que estaba exclusivamente destinado al consumo interno de las emociones y no para su publicación en la tribuna. 

En cuanto salió y se desparramó es sucinto “Obdulio y la puta que te parió” – que, como puede apreciarse, iba envuelto en el respeto del lugar común, incluyéndolo en el conjunto de todos los hombres y mujeres del mundo: todos han sido insultados de esta guisa en alguna oportunidad; detrás de un volante, en un cine, en un ascensor nutrido de un olor subrepticio, en un autobús luego de un pisotón, etcétera. 

La puteada no ahondaba en la personalización (más allá de la mención de su nombre) -; decíamos, en cuanto el insulto emergió, se hizo un silencio en la tribuna que se extendió rápidamente al resto de las gradas. Un silencio que para el autor del lugar común pareció una eternidad, mientras, dicho lo dicho, y no pudiendo volver atrás, esperaba el veredicto popular: sopapo o corifeo.

Y fue lo segundo. Enseguida pasó rodando otra puteada, y luego otra, y otra, cada vez más ingeniosas (y, en consecuencias, más rumiadas, más crueles). El mito que había llevado años en erigirse no se sostuvo ante el vendaval de improperios.

Ya para la 7ª fecha (en la 9ª la directiva del club lo despidió y contrató a otro fulano que fue igualmente puteado, porque la suerte ya estaba echada desde hacía tiempo), la memoria colectiva había comenzado a obrar la transformación del recuerdo de Obdulio Alvarado en una caricatura que ya no sólo lo emparentaba con tanto pica piedra que había ocupado su misma posición, sino con aquellos jugadores a los que la conjetura popular, debido a sus llamativamente escasas condiciones para el fútbol (cuando no, directamente, para la vida en sociedad), cree que pasan una parte de su sueldo al entrenador de turno para que los ponga.

Hacia el final del campeonato, si le preguntaba a cualquier hincha de fútbol – de cualquier club – quién era Obdulio Alvarado, nadie sabía responder. Un número considerable, vaya a saber por qué, decía que un sindicalista de los 1940. La memoria es muy traicionera; no hay que andar jugando con ella…


O acaso, crear ídolos sea una necesidad de emparentarnos (los humanos) directamente con los dioses a través de intermediarios a mano – y también, el oscuro apetito y goce de, ocasionalmente, hacerlos caer para proponer una efímera e ilusoria superioridad sobre las divinidades: sólo el hombre perduraría, en tanto que dioses (e ídolos) dependerían de su pulsión de venerar, de fundar esperanzas externas, de instaurar responsables desvinculados de sí. L’uomo è Dio per l’uomo… Que acaso sea lo mismo que decir que l'uomo è lupo per l'uomo.

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