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viernes, 29 de abril de 2016

Las desesperaciones (Un cuento de Marcelo Wio)




Allí sentados, parecían dos agentes secretos venidos a menos (o, más probablemente, dos que siempre habían habitado las sombras de la mediocridad) sin misión (no porque no existieran asuntos que andar husmeando; sino porque ninguno de los asuntos era tan trivial como para ajustarse a sus exiguas capacidades); o dos burócratas resentidos criticando ascensos que los esquivaban, y protestando contra formularios y sellos y todo lo que implicara un esfuerzo que pudiese ser considerado como trabajo. Podían parecer cualquier mediocridad, allí, los dos. Pero no podía parecer dos jugadores de fútbol, pertenecientes a equipos respetables y clásicos rivales entre sí.

Así, nadie hubiese siquiera adivinado que aquellos dos andaban intentando componer la circunstancia para una gloria pequeña (para ambos) para el próximo partido entre sus equipos. Delanteros sin gol, Tondarella y Rouco. Delanteros sin imaginación, que estaban donde estaban por amor propio, perseverancia, y, sobre todo, debido a errores y negligencias ajenas; y por toda esa cadena causal de sucesos que conduce a alguien sin las habilidades necesarias, a un puesto que, evidentemente, no le correspondía.

El único método que veo, dijo alguno de los dos, es el del soborno liso y llano de los defensores, para que nos adjudiquen la ventaja de veinte o treinta centímetros, dos o tres segundos, de un descuido, de una desatención; lo que podría derivar en la contraprestación rápida de unas cuantas ovaciones.

Los dos pensaron, pero no lo verbalizaron, que más pronto que tarde, quedaría allanado el camino para el chantaje por parte de esos defensores que ya de por sí cobran poco (y que suelen derrocharlo rápidamente una vez acaban la carrera, o incluso antes), que envidian en silencio a los delanteros, y que, a fuerza de patadas, van perdiendo los escrúpulos que hubieran podido tener.

Allí sentados, en un banco frente a una plaza sin encanto, Tondarella y Rouco se dieron la mano. Somos nuestras limitaciones, dijo Rouco. Qué le vamos a hacer, respondió el otro; y añadió: aunque algunos más que otros.


Los desesperados cometen muchas veces el error de pensar o creer que otros desesperados, que pueden devenir aliados puntuales, poseen las mismas posturas morales ante el trance de la angustia. Pero no siempre así. De esta manera, Rouco alcanzó a entrever que la gloria esa que andaba pretendiendo, no le iba a brindar más frutos que los de un momento pequeño y ridículo; y a pensar, de manera subsecuente, en embolsarse el dinero que Tondarella le diese para sobornar a los suyos. A fin de cuentas, quién podría darse cuenta. ¿Tordarella? ¿Acaso él mismo se percataría si Tordarella procediese de la misma manera abyecta? ¿No era, justamente, la ausencia de habilidad la que los convocaba a esa bajeza? ¿Cómo, pues, medir a partir del propio desempeño (negativo) el cumplimiento del trato por parte de la otra parte? 

Probablemente, los defensores tuviesen que caer en el bochorno más absoluto para permitirles una gloria mínima. Y eso valdría más de lo que ambos habían accedido a pagar. Rouco se preguntó si los grandes salarios de las estrellas no estarían, precisamente, destinados a tales sobornos... No, seguramente hay habilidades ciertas, se dijo, mientras se marchaba sientiendo una lástima por Tondarella, de la que rápidamente se deshizo. 

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