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martes, 17 de noviembre de 2015

Simeone y aquel desborde en Barranquilla



El 15 de agosto de 1993, hace poco más de 22 años, el Estadio metropolitano de Barranquilla estaba a reventar. Y nosotros, reventábamos, pero de calor. La humedad era imposible de aguantar y estábamos empapados de sudor todos los argentinos. Más de 35 grados, a la espera de que la selección de Alfio Basile, que venía arrasando en la clasificación mundialista y que venía de ganar por segunda vez consecutiva la Copa América, estirara la racha de los 33 partidos sin perder enfrentando a la difícil Colombia de Francisco “Pacho” Maturana.

Sin Oscar Ruggeri y Gabriel Batistuta, sus dos figuras en tiempos de ausencias de Diego Maradona, antes suspendido por doping (aún cuando se trataba de droga social) y enfrentado a Basile (“se emborrachó con las dos Copas América”, llegó a decir, filoso, mientras prefería ir a alentar a los celestes de su amigo Carlos “Patito” Aguilera), el partido pintaba difícil, aunque no imposible.

Acabó siendo mucho peor que lo imaginado como dificultoso. Fue el verdadero baile colombiano de ese grupo clasificatorio (que completaban Paraguay y Perú), y no el de la revancha en Buenos Aires veinte días más tarde en el recordado 0-5.

El gran baile fue ese del 2-1 con el que la selección argentina de Basile perdió su invicto. No la vio ni cuadrada ante los lujos de Harold Lozano, Faustino Asprilla, el Tren Valencia y todo ese equipo de cracks que le escondió la pelota durante los noventa minutos y apenas se desconcentró en la última jugada, cuando una media vuelta del Mencho Ramón Medina Bello permitió el descuento y echarle un manto de cercanía a lo que fue una distancia sideral en el juego, y el comienzo del padecimiento para llegar a Estados Unidos 1994.

Colombia acabaría ganando cómodamente 2-1 con goles de Iván rené Valenciano y el “Tren” Adolfo Valencia.

Pero lo peor estaría por llegar, al regreso acalorado al hotel para ducharnos, cambiarnos y volver a enfilar hacia el aeropuerto Ernesto Cortissoz, para retornar al país lo antes posible, vía Bogotá.

Al llegar al aeropuerto, en un clima muy pesado y con nubarrones que pronosticaban una tormenta de aquellas, de repente comenzamos a sentirla bajo techo. No entendíamos de qué se trataba la fila india a cada flanco a nuestro paso, como si nos hicieran “Pasillo” por haber ganado algo, pero centenares de hinchas colombianos nos cantaban “se murió, Argentina, se murió” y tres aplausos, acompasando el cántico, para cerrar en cuanto a la expresión oral, pero esto iba acompañado de toques a los tobillos de algunos desbordados.

Antes de subir al avión, escuchamos que había forcejeos y cargadas de empleados del aeropuerto y notamos que Diego Simeone, que había  jugado el partido (y que había definido ante Colombia la Copa América de 1991 en Chile) estaba en plena disputa cuando nos acercamos a separar y a conducir al “Cholo” hacia la nave.

Luego, ya sentados en el avión, nos enteraríamos que a muchos jugadores argentinos les había pasado lo mismo. Detrás de nosotros, justo detrás, se habían sentado el propio Simeone y Leonardo Rodríguez y nos habían relatado la misma experiencia que nosotros, desconocidos periodistas allí, habíamos vivido en el salón principal del aeropuerto.

Claro, Simeone venía con las pilas cargadas por todo lo ocurrido y vislumbraba, según nos comentó, un final de clasificación más complicado que lo previsto y no le faltó razón. El equipo argentino no podría vencer a Paraguay en Buenos Aires, y luego vendría el catastrófico (en la marca, en el juego fue peor el 2-1) 0-5 que obligó al repechaje, la vuelta de Maradona y el angustioso gol de Batistuta ante Australia.

Quedó lugar para otra anécdota en la escala de Bogotá. Varios periodistas discurríamos sobre lo que pasaría ante Colombia en la revancha en Buenos Aires y este escriba, cuando el entonces colega Fernando Niembro le planteó que creía que los de Basile ganarían con facilidad, atinó a decir, tal vez por soltura de lengua, “para mí, nos meten cinco”.

Niembro se rió, descreído, nos tildó de exagerados, y sólo respondimos que “puede ser pero si llega a ocurrir, sólo te pido que lo reconozcas al aire”. Se fue con sorna pero hay que reconocer que el lunes siguiente al desastre, el 6 de setiembre -día anterior a la famosa tapa negra de “El Gráfico” y la fundación de los talk show futboleros en aquel programa de Bernardo Neustadt, con José Sanfillippo y Sergio Goycoechea-  apareció el reconocimiento al aire.


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