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jueves, 11 de agosto de 2016

El fútbol que supieron conseguir




Cuando el Vasco Julio Olarticoehea fue presentado como nuevo director técnico de la selección argentina olímpica, solamente acompañado por el dirigente Claudio Tapia y por su preparador físico Pablo Calderón, lo primero que dijo fue que no habría excusas y que se tenía confianza para que el equipo nacional tuviera un rendimiento positivo en los Juegos de Río de Janeiro.

En aquel momento sostuvimos –y lo ratificamos con el diario del jueves, un día después de la eliminación en la fase de grupos- que Olarticoechea había sido muy noble y había decidido cargar en sus espaldas con una responsabilidad en la que, en todo caso, tiene en un bajísimo porcentaje.

Olarticoechea pasó de dirigir a la selección femenina al sub-20 y en un breve lapso, con la renuncia lógica de Gerardo Martino luego de que todos le negaran los jugadores por las eternas peleas internas, saltó directamente al equipo olímpico que ya no tendría a las figuras con las que su antecesor soñaba cuando proyectaba su plantel para Río de Janeiro.

En apenas diez días, sin dinero, sin jugadores, sin apoyo institucional salvo alguno que otro dirigente que decidió dar la cara (aunque también sin ideas), y sin proyecto alguno más que zafar como se pudiera en Río de Janeiro, y hasta con un robo mediante en las habitaciones del hotel en el amistoso de preparación en México DF, el director técnico se las arregló para conformar un equipo que si bien no pasó de grupo y que no cumplió con los requisitos por los antecedentes y la riqueza de su fútbol, tampoco puede decirse que fue superado tácticamente, y hasta cuesta hablar de táctica cuando no hubo siquiera una chance de tener un equipo que se conociera mínimamente dentro de la cancha.

Lo cierto es que esta selección olímpica, más allá incluso del propio resultado final, necesitó apenas tres partidos oficiales, más los pocos de preparación, para reunir la mayoría de los problemas que hoy tiene el fútbol argentino, como consecuencia de años sin proyectos, sin política y sin filosofía de juego.
Nos hemos cansado de escribirlo pero lo diremos una vez más: sin una idea madre, sin saber a qué se quiere jugar, es muy difícil progresar. Se puede, si es que, como en el tan mentado Mundial de 1986 o como en Brasil 2014, o en las Copas América de los últimos años, se dispone de un genio en el equipo. Pero esto, hay que tenerlo muy en cuenta, no es lo habitual.
Esto que ocurrió con Diego Maradona o lo que ocurrió hasta ahora con Lionel Messi, son afortunadas excepciones a la regla.
Pero el fútbol argentino, desde que regresó la selección del desastre del Mundial de Suecia 1958, cuando los dirigentes se equivocaron duramente en el diagnóstico y apostaron por europeizar el juego, darle prioridad al estado físico y al verso de los resultados (como si a los líricos no les interesara), viene descendiendo de manera alarmante en su técnica simplemente porque ésta no interesa demasiado, en aras del negocio.

Digámoslo una vez más con todas las letras: desde fines de los años ochenta, con la globalización, el fútbol argentino se convirtió en un mercado de paso, aunque el puente casi obligatorio (o al menos el mayor acelerador) para que los jugadores sudamericanos emigren a Europa, y entonces hay que producir jugadores para lo que se necesita en el mercado central del mundo.

Con este esquema, no sólo los torneos adaptan ya su calendario sin miramientos para poder venderle jugadores a Europa sino que ya en las divisiones inferiores se plantean los esquemas como se juega allí, y se adaptan posiciones de jugadores como los que necesitan cruzando el océano.

Entonces, de nada vale reclamar a Jonathan Calleri porque no puede convertir de frente al arco y sin el arquero, o a Angel Correa por su enorme mochila a la hora de ejecutar un penal decisivo ante Honduras, o al pibe Lautaro Gianetti por desequilibrarse ante un mal resultado.

Los futbolistas argentinos hacen lo que pueden ante una absoluta falta de estructura institucional, con un director técnico noble pero improvisado, y su carencia de técnica por el apuro por venderlos sin haber madurado, porque el mercado así lo necesita, y sumado a todo este cóctel, el pánico a perder con toda la parafernalia que espera al regreso, lo cual genera esquemas conservadores, jamás demasiado arriesgados aunque la propia clasificación esté en juego.

En el fútbol argentino ya no quedan muchos maestros. Un buena parte, porque se va extinguiendo la última generación de los que vieron aunque sea un fútbol en cuentagotas y van ocupando esos lugares los que ya vivieron la etapa post-1958, con entrenamientos sin pelota, con la TV mostrando los kilómetros recorridos o midiendo la potencia de los remates, o repitiendo como situaciones de gol jugadas en las que la pelota murió en las manos del arquero, por no decir los halagos desmedidos al guardameta por tapar un remate mal colocado y con dirección a donde se encontraban.
El fútbol se fue tergiversando porque desde hace más de sesenta años que el negocio le gana al juego, y si siguen saliendo jugadores (aunque cada vez menos), ocurre por la enorme tradición futbolera que tiene este país, pero como todo, esto alguna vez también se terminará.

Cuando José Pekerman renunció como director técnico de la selección argentina tras el Mundial de Alemania 2006, advirtió que “abajo no hay nada” pero a nadie le interesó, porque las divisiones inferiores no venden.

Hoy, ya no es que se trabaja mal, sino que no hay un director técnico de juveniles, hubo que renunciar a participar de un prestigioso torneo como el de Toulon, y se viajó al de “L’Alcudia sólo con el preparador físico.

Mientras no se sepa a qué se juega, qué se pretende del fútbol, o no se tenga una filosofía propia, como alguna vez se tuvo y generó admiración en todo el mundo, al punto tal de que si hoy Argentina exporta es mucho como consecuencia de la fama adquirida en aquel tiempo, cada vez todo irá a peor.

Lo dijimos y lo volvemos a repetir, aunque somos una gota en el océano. Mientras esto escribimos y publicamos, la mayoría de los medios hablan de “papelón” y cosas por el estilo.

Si los jugadores no aprenden a controlar el balón y a dar un pase preciso al compañero mejor ubicado, si se juega sin wines, sin un nueve técnico, sin un diez con mucho talento, con un ocho híbrido, una defensa que no sabe salir jugando, y además no hay tiempo de adquirir un funcionamiento colectivo, difícil que salga bien. Y no salió bien, ni es lógico que vaya a salir bien, especialmente cuando Messi no juegue más con la albiceleste.


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