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sábado, 6 de agosto de 2016

Historia legal del penal (Un cuento de Marcelo Wío)



En fútbol, en lo que a reglamentación se refiere, tuvo mucho de prueba y error. Por algún motivo – negligencia, desidia, o vaya a saber cuál otro -, muchas historias relacionadas directa o indirectamente con estos inicios de tanteos, pifias y carambolas, han sido ninguneadas hasta el olvido.

Pues bien, tuve la suerte de oír una de esas historias, en una estación de tren en Holanda, donde se me acercó un hombre mayor que me escuchó hablando por teléfono en español. Sos argetino, me dijo, indicando un lugar a su lado, en el banco.

Cesáreo Cattaneo, se presentó. Me fui de la Patagonia en un barco pesquero holandés y ya no volví más. Hace más de cuarenta años. Una breve reseña de andanzas o derroteros que los iban llevando, indefectiblemente, a un destierro fortuito. Pero no abundó las memorias que lo involucraban a él. Cesáreo quería contar otra cosa; como quien está desesperado por pasar una clave por temor a que se muera con uno.

Los inglese eran bastante chambones. Eran tipos con suerte, pero chambones. Cada vez que crearon algo, lo hicieron para el traste, y otros tuvieron que ir a arreglar el desaguisado (aunque ellos se colgaban los laureles). Y en el fútbol no hubo excepción. Cuando se pensaron los penales, se olvidaron, ni más ni menos, reglamentar que el pateador debía hacer efectivo el disparo a la orden del árbitro.

Dirás que es una macana menor. No, querido. De menor, nada. En el pueblo de Barda Alta, en la meseta patagónica, en un partido que definía la liga regional entre Forajidos del Sur y Atlético Esperanza, se dio una situación que grafica la omisión normativa en toda su dimensión.

El pateador se plantó ante el balón, y se esperó un leve movimiento del portero que delatara un ladeo, una inclinación hacia un costado, para aprovechar esa ventaja mínima y clavarla el lado opuesto. Le amagaba sutilmente con la mirada, con la intención de provocar ese desplazamiento suficiente para provocar el llamado “a contra pierna”. El portero estaba estático, conociendo ese juego de engatuzamientos, de amagues. Los dos firmes, no dando a torcer ni un céntimetro de intención.

A los dos o tres minutos, el árbitro le ordenó al pateador que ejecutara el penal. Pero no había ninguna regla en ese sentido: es decir, el árbitro sólo podía sugerir que se pateara, pero no tenía autoridad legal para ordenar que así se hiciera. En términos legales, la opinión del juez no era vinculante; y se encontraban ante un vacío legal preocupante.

De hecho, se pusieron a discutir como se hacía antes (con respeto, prestándose la palabra, tratándose de usted) sobre el asunto. Elpidio Vega (así se llamaba el pateador) dijo – en lo que acaso fue más bien una argumentación más cercana a la filosofía del derecho que al mero reglamento deportivo – que de hecho, ni siquiera estaba contemplado que se tuviera que patear dentro del tiempo reglamentario.

Es más, estuvo de acuerdo el portero, Aníbal Echagüe (mostrando una integridad moral que más de uno ahora quisiera tener para sí), el penal es el único evento que puede ocurrir una vez concluyó el tiempo reglamentario – y tampoco, en este caso, se indica un periódo máximo de tiempo para ejecutar la pena; con lo cual podría diferirse in aeternum (sí, muchacho, los futbolistas antes también sabían expresarse... No te das una idea cómo ha cambiado todo).

A todo esto, el árbitro era poco dado a la silogística, y aquellos dos se habían entusiasmado y ergotizaban el asunto que mamma mía.

Te hago corto lo que no es prolongado. El tiempo terminó, Vega y Echagüe seguían ahí plantados – ahora, más que nada, como una declaración de principios. El árbitro era de otro pueblo y no quería que se le hiciera tarde, así que suspendió el partido y dijo que la próxima semana ya si acaso se resolvía el asunto. De más está decir que no volvió a la semana siguiente, ni a la siguiente, ni nunca.

Y Elpidio y Aníbal siguieron allí, firmes, midiéndose, ora de pie, o sentados, ao currucados en un sueño liviano; al principio por un orgullo zonzo, y luego ya aceptando que el destino era esa misma espera de un hecho que no tendrá lugar, y no el disparo de un penal – un tiempo después de que Cattaneo me refieriera el asunto, indagué un poco más (sobre todo, con afán de verificación), y me encontré con algunos testimonios que afirmaban que de joven Samuel Beckett había andado por la Patagonia, y que había conocido la historia y la había adaptado a una obra de teatro)

Elpidio y Aníbal, pues, quedaron allí, en el predio, esperando lo inacontecible, por llamarlo de alguna manera, unidos por un balón que era una suerte de indeterminación, de algo que no podía intervenir en el devenir de las cosas; es decir, ser profanado con una patada final.

Mientras los dos hombres perserveraban allá, los yuyos y las areniscas iban reclamando potestad sobre el territorio y sus adyacencias.

Meses después, me enteré en Londres,  la noticia del suceso llegó a Buenos Aires y, de allí, rápidamente a Inglaterra, donde se decidió que el árbitro daría la orden de lanzamiento de la pena máxima; y había que patear y punto.



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