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miércoles, 5 de octubre de 2016

Hace rato que ganaron las barras bravas



Es inútil. La pelota se la pasan los dirigentes de los clubes, la AFA, y los renovados funcionarios de turno que siguen sin tener una política estatal para la temática por una sencilla razón: no hay voluntad política para que el problema se resuelva por fin, por lo tanto todos son rodeos que conducen siempre a la nada misma.

Mientras la AFA sigue implosionando tras la muerte de Julio Grondona hace poco más de dos años, cada día aparece un nuevo esperpento sobre lo mismo. Nos enseñan sofisticados sistemas para controlar supuestamente a los violentos y los organismos cambian de nombres, siempre complicados para que en lo posible nadie entienda bien de qué se trata (ahora lleva un tiempo la APREVIDE), pero de fondo, las barras bravas imponen su juego y logran que los partidos no se jueguen o se suspendan por su participación por el temor a la misma.

Es tal la ceguera de los funcionarios, sin importar su color político, que siguen prohibidos los hinchas visitantes en casi todo el país, cuando la violencia, está más que comprobado, desde hace años que no está relacionada con la antigua clásica batalla entre barras que aprovechaban el folklore del partido para jugar el propio fuera de la cancha, cerca de vías de ferrocarriles, plazas o campitos.

No sólo eso: hace ya cuatro años, un gran documental del periodista especializado en guerras, Jon Sistiaga, de Canal Plus de España, realizado en la Argentina, nos mostraba la peor cara de la situación (https://www.youtube.com/watch?v=VXg4_7eR2_c) cuando el cronista se preguntaba desde el sentido común por qué la Policía protegía a los violentos de la gente y no al revés, o por qué esa misma Policía no había aparecido cuando la barra brava de Independiente lo apretó y en cambio sí lo hizo para acompañarlo al palco. O por qué Rafa Di Zeo, el jefe de la barra brava de Boca, le mostraba su agenda en el teléfono celular y le decía que tener el poder “es tener el teléfono de los que tienen poder”.

No sólo nada ha mejorado alrededor del fútbol argentino, sino que las cosas han empeorado mucho, y el mayor ejemplo es lo ocurrido en esta semana con la suspensión del partido entre Racing Club y Gimnasia y Esgrima La Plata por los octavos de final de la Copa Argentina.

El partido estaba previsto para el próximo domingo 9 de octubre, en Mar del Plata, aprovechando que se suspenderá el torneo oficial por tratarse de una fecha FIFA y que el lunes 10 es feriado, por lo que todo indicaba que era una muy buena idea que los hinchas de los dos equipos hicieran turismo a una gran ciudad balnearia y aprovecharan para ver el partido.

Hasta ahí, casi se trataría de un país normal, pero en la Argentina, las cosas hace rato que se desmadraron, y entonces, ante los hechos violentos de la barra brava de Racing en el último partido del torneo oficial en el Cilindro de Avellaneda (lo que una vez más demuestra que nada tiene que ver el hecho de prohibir los visitantes), la APREVIDE, el organismo encargado de la prevención de hechos violentos en espectáculos deportivos, decidió postergar el partido de la Copa Argentina ante el temor por desmanes que puedan provocar disturbios y molestias a los turistas que no están interesados por el fútbol.

Se trata de un hecho que una vez más, parece rondar el sentido común pero que deja todo patas para arriba una vez más porque nadie se anima a decir la verdad completa: si es por el temor a los desmanes de la barra brava, hoy de Racing pero mañana de cualquier otro club, directamente no se puede jugar más al fútbol y hay que suspender la actividad hasta que los violentos se alejen del ambiente, y que el Estado procure la lista de todos los que deberían tener derecho de admisión, los  aleje de los estadios, les aplique la ley, y el fútbol vuelva a jugarse.

Pero ¿esta sociedad quiere que el fútbol se pare? ¿Lo aceptaría sin problemas? ¿Aceptaría que el fútbol se parara por un bien supremo que es la paz y la tranquilidad en una sociedad? ¿Soportaría la clase política, de cualquier color, que no haya fútbol y por lo tanto, no haya tapadera social de las crisis diarias? ¿Y el periodismo vernáculo? ¿Tendría de qué hablar si la pelota no rodara?

Por otra parte, sigue en debate quién debe encargarse de la lista de admisión de los violentos. ¿Es el club o es el Estado? Sostenemos que es el Estado, sin dudas, el que debe fiscalizar la admisión de los violentos debido a la situación a la que se ha llegado, en la que la mayoría de los dirigentes de los clubes se encuentran no sólo amenazados o presionados, sino que tampoco encuentran la mínima ayuda de las comisarías de la zona, cuando éstas no son directamente cómplices de los violentos.

Si además la violencia ayuda al desarrollo de otras industrias, como la de los montajes de los elefantiásicos operativos policiales fraguados para facturar el triple ante los resignados clubes y con la falta de control estatal, o como la de la TV que suma consumidores ante el desgano de formar parte de un espectáculo degradante y violento in situ, no parece que se esté en el camino de una mínima solución.

Por supuesto que todavía quedan más temas, como el de los daminificados hinchas de Racing y Gimnasia que ya han adquirido sus pasajes y estadías con el propósito de seguir a sus equipos, los que ahora en algunos casos no pueden recuperar el dinero sumado a las molestias que les causaron, y de lo que, como siempre en este tiempo, nadie nunca se hace cargo porque total “sé gual”, como decía el recordado personaje televisivo Minguito Tinguitella. Todo da lo mismo.

Y todo esto, en un contexto en el que cuando aún no jugaron Racing y Gimnasia por los octavos de final de la Copa Argentina, ya juegan antes Belgrano de Córdoba y Juventud Unida por los cuartos, es decir que en este torneo, que clasifica al quinto equipo argentino a la Copa Libertadores de 2017, se tendrá un semifinalista mientras otros estarán pensando cuándo y dónde jugar por los octavos de final. Todo da lo mismo.

Y es tanto que da lo mismo, que muchos equipos, especialmente los grandes, se prepararon con sus agendas de 2016 dándole prioridad a la Copa Argentina que se había transformado en una pre-Libertadores porque de aquí salía la última posibilidad de acceder al torneo continental en 2017, pero en esta semana, la Conmebol estableció un par de parches: agrandó la cantidad de equipos para la Libertadores 2017, es decir que otro equipo argentino saldrá desde otro sistema, y aún si San Lorenzo gana la Copa Sudamericana antes de fin de año, liberará otro cupo para la Libertadores, para un posible séptimo equipo nacional, es decir que la Copa Argentina se degradó dos escalones en pocos días. Todo da lo mismo, otra vez.

Es en este contexto en el que nos podemos preguntar si existe forma de darle un mínimo marco de seriedad al fútbol argentino y si puede querer solucionar el problema definitivamente un gobierno cuyo presidente  posiblemente figure en la agenda de los que tienen los teléfonos de los que tienen el poder, por haber presidido antes el club del tan famoso barra brava, que se cansa de firmar autógrafos a los enamorados hinchas que cantan sus canciones violentas y los aplauden, emocionados, cuando entran con sus paraguas y se paran, de espaldas, y románticamente, en los paraavalanchas.



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