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lunes, 13 de diciembre de 2010

Estudiantes, Vélez, Barcelona



Es un justo campeón del Torneo Apertura, Estudiantes. Lo es aún cuando tranquilamente pudo haberlo sido Vélez Sársfield, porque tuvieron un juego parejo, e incluso los subcampeones tuvieron mucho mejor ataque, practicaron un fútbol más estético. Pero aún así, siendo más utilitario que en otras oportunidades, recurriendo a una segunda línea del plantel por transferencias y lesiones, Estudiantes volvió a demostrar, al igual que Vélez, que hoy por hoy tiene un claro dominio en el alicaído fútbol argentino y que en éste cada vez juega más la lógica, que pasa por una buena política institucional para plasmarla en lo deportivo.
Por supuesto que puede haber excepciones que confirman la regla. El Huracán de Angel Cappa, que sin fondos consiguió reunir en una misma temporada a distintos talentos como Bolatti, Pastore o De Federico, estuvo a minutos de salir campeón pero a los pocos meses, ya había regresado a la "normalidad" de pelear por evitar el descenso, quedándose sin ninguna de sus estrellas, todas vendidas a bajo costo o directamente, en manos de empresarios que se lo quedaron todo. Independiente, aún cuando va mejorando algo institucionalmente con la remodelación de su estadio y como dijo su presidente Julio Comparada, lanzado primero a ganar "el campeonato económico", acaba de regresar al panorama internacional ganando una Copa Sudamericana sufriendo en la final ante un equipo brasileño como Goiás, descendido a Segunda en su país, y sin haber sacado casi ningún punto fuera de Avellaneda.
Esto significa que hay campeones y campeones, se gana jugando bien o jugando mal, y el gran tema pasa por la continuidad de un proyecto, y no un título aislado. Y por eso, el elogio a Estudiantes primero por ser el campeón (obviamente, en el deporte se compite con uno de los principales fines que es ganar) y a Vélez, que estuvo tan cerca, y apenas a minutos de una final para el miércoles, pasa por su proyecto, por su política deportiva en tiempos en los que esto parece casi un dislate, con equipos que en su mayoría cambian casi todos sus planteles cada medio año, o a lo sumo cada año, en un país futbolísticamente exportador, que ya ha terminado de aceptar que sus jugadores, pretendidos por el valor histórico de la Argentina, quieran escalar en su carrera yéndose a Europa cuando antes el sueño era jugar en Boca o River.
Porque a su manera, inmersos en un contexto como el de la Argentina, Estudiantes y Vélez juegan bien, o tratan de hacerlo, respetan una línea, buscan buenos jugadores, los amalgaman en un esquema pensado siempre para adelante, y son los que han ofrecido mejores espectáculos en estos tiempos.
Claro que viendo cada partido del Barcelona, y quitando en buena manera a Estudiantes y Vélez, uno se pregunta a qué se juega en la Argentina. Cómo puede ser que buena parte de la prensa local siga autoengañándose o insistiendo en decir que los catalanes son "aburridos", o buscándole la quinta pata al gato de un conjunto extraordinario, uno de los mejores de la historia del fútbol y acaso directamente el mejor. Un equipo que en los últimos cuatro partidos de liga española pudo marcar 21 goles sin recibir ninguno. Es decir, practicamente perfecto.
También en el mismo sentido, hay que decir que con toda la buena voluntad y la claridad en sus proyectos, Estudiantes y Vélez no llegaron nunca a jugar con la brillantez del Huracán de Cappa, aunque éste nunca haya salido campeón y su juego haya sido la primavera de un solo verano.
Y llegamos al punto más interesante de los que se plantea este artículo. ¿Es posible que algún equipo argentino llegue a jugar alguna vez como el Barcelona? ¿Todo pasa por una cuestión puramente económica? creemos que no. Y de hecho, el Huracán de Cappa, hecho en semanas, acaso un par de meses, es la prueba cabal. En la Argentina se juega mal, decididamente muy mal, porque desde hace muchos años que el discurso dominante es un discurso resultadista, efectista y basado en los negocios privados, y poco interesan el espectáculo, ni los hinchas, y mucho menos, los clubes. Se creyó siempre que el fútbol preciosista va de la mano de cierta ingenuidad, de cierta teoría impracticable, o, en el mejor de los casos, del hecho de pensar que por ser un país exportador, los proyectos no se pueden cumplir.
Porque este Barcelona, que cada vez admite menos polémica en el mundo (Argentina siempre, con parte de su prensa, se mantuvo aislada del contexto internacional), tiene en su mayoría entre sus titulares, jugadores surgidos de su cantera, es decir, cero gasto en fichajes, y desde ya que aprovecha su buena situación económica para contratar algunos refuerzos en puestos claves. Pero bien podría el fútbol argentino copiar este modelo que, claro, implica no fichar muchos jugadores y por lo tanto, no inflar bolsillos empresarios ni los de los retornos.
Desde ya que desde estas columnas vinimos sosteniendo, desde el punto de vista del negocio, que tampoco se entiende esta necesidad de los clubes de exportar tan pronto, devaluando a sus jugadores, parfa hacerse de unos morlacos que rápidamente serán malgastados. Porque ya quisieran otras industrias nacionales, vender en euros y vivir en pesos, y además, vender tanto. Pero eso da para otros artículos.
En cuanto a jugar bien, en cuanto a dar espectáculo, lo primero pasa por querer, por respetar al público y por entender que lo estético también juega. Lo segundo pasa por un proyecto a mediano y largo plazo. Y lo tercero, pasa por animarse.
En el contexto del fútbol argentino, y a años luz del Barcelona, Estudiantes y Vélez siguen siendo claramente los mejores, al menos jugando todo lo que pueden, y no desmadrándose en locuras sin sentido de la mayoría de los demás competidores. Y así les va.

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