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jueves, 19 de diciembre de 2013

Jugué con un genio



En estos tiempos en los que Lionel Messi acapara Balones de Oro en sus vitrinas, o se lo compara con Diego Maradona o al propio Pelé, me pareció interesante contarles que tuve la suerte de jugar, con un genio que en mis tiempos de adolescente, bien puede compararse con ellos.

Ocurrió en el viejo “Muni”, el actual Club Ciudad de Buenos Aires, en un período que si mi memoria no falla, abarcó entre 1976 y 1982, en plena etapa de la dictadura cívico-militar que asoló la Argentina, y que nos sorprendió en una edad demasiado corta como para poder inmiscuirnos en asuntos más serios y acaso el fútbol haya obrado como buen disparador como para acaparar buena parte de nuestra atención.

Paradójicamente, eran otros tiempos para el fútbol argentino. Leíamos la revista “El Gráfico” que tenía decenas de posibilidades para sus tapas repletas de ídolos (futboleros o no aunque la mayoría de los primeros) y debatíamos a favor de César Luis Menotti o Juan Carlos Lorenzo, los dos DT de moda, mientras escuchábamos, a solas o en pequeños grupos, las canciones de Sui Generis o más tarde de Serú Girán, de a poco a León Gieco y a Queen, Electric Light Orchestra, Yes, Génesis o lo que quedaba de los recién separados Beatles.

La posibilidad de pasar todo el día en el club, especialmente en los veranos, nos permitía integrar un grupo base que se dedicaba a buscar terrenos donde jugar al fútbol, actividad que estaba prohibida en Muni, al punto de que las batallas contra los cuidadores de las bicicletas, con los que nos conocíamos de memoria, se hicieron tan clásicas como algunos partidos memorables.

Así fue que teníamos ya un sexto sentido para encontrar resquicios en canchas que correspondían a otros deportes. Por lo general, utilizábamos una de hockey sobre césped que daba a la Avenida Del Libertador, aunque a veces rumbeábamos hacia una más pequeña que se encontraba al lado de la de hockey sobre patines y hasta llegamos a emigrar a una de rugby, más alejada.

No hay demasiado rescatable en la mayoría de nosotros en cuanto a lo futbolístico, aunque sí en lo contextual. La amistad se profundizó y se extendió hacia fuera de los límites del club, desde los patys de “Rojo y Negro” (en alusión a los colores de Defensores de Belgrano), hasta las salidas a cines y en especial, a las distintas canchas de Buenos Aires.

Mis recuerdos llegan a tres canchas básicas, las de Ferrocarril Oeste (donde Vélez hizo de local porque su estadio se estaba remodelando para el Mundial 1978), el Viejo Gasómetro de San Lorenzo de Almagro, y la de Huracán, aunque también entramos a las de Argentinos Juniors, River Plate o Racing Club.

Ese grupo que tenía una base fija que integraba aunque como esforzado volante, a veces colaborando en la defensa o sumándome al ataque, si era necesario, contaba con un jugador especial, único, diferente a todos por su talento, reconocido hasta por el último de los ocasionales rivales: Jorge Goldberg.

Jorge fue un supercrack del fútbol, con un talento tan descomunal para colocar la pelota de un lado a otro de la cancha, o para gambetear casi sin esfuerzo a los rivales para definir cuando quisiera, pero me quedo corto en la definición, porque además era el compañero perfecto, la síntesis justa entre el juego deslumbrante, la solidaridad y la honestidad en un campo de juego, valores muy difíciles de reunir hasta por los más encumbrados futbolistas de todos los tiempos (tal vez Messi lo consiga, aunque creo que Jorge tenía mejor remate de media y larga distancia que el crack del Barcelona, créanme).

Era tal la superioridad de cualquier equipo que tuviera a Jorge en sus filas, como por suerte era nuestro caso, que en más de una oportunidad, nuestros rivales se quejaban y pedían o exigían jugar con un hombre más, y pese a nuestra adolescencia e inmadurez, aceptábamos resignados o, quién sabe, tal vez convencidos de que con el genio de nuestro lado, ganaríamos igual, y normalmente así sucedía.

Jorge nos mejoraba a todos. Todos jugábamos un poco mejor con él en el equipo porque te devolvía las paredes con la pelota redonda, la ponía al lado de tu pie para que remataras, y muchas veces, silenciosamente cansado de nuestros yerros, definía los partidos en soledad, en el final, para festejar con nosotros como si esa proeza hubiese sido colectiva.

Siempre de buen humor, jamás reclamando una sola pelota mal devuelta o pifiada o con destino equivocado, Jorge dejó muchas enseñanzas éticas, además de haber compartido con nosotros exquisitos momentos de charlas, cantos, viajes en grupo, debates futboleros o de jugadores de moda.

Sanlorencista que debe estar disfrutando hoy de las mieles de un nuevo título con sus hijos, Jorge terminó siendo mucho más que un proyecto de supercrack que pudo ganar fortunas y ser muy famoso, porque prefirió estudiar, seguir una carrera, cultivarse, instruirse.

Tuvimos la inmensa suerte de reencontrarlo, luego de que los oscuros días de la Guerra de las Malvinas y el maldito Servicio Militar, devastaran nuestros románticos partidos y en buena medida, nuestra adolescencia. Y sigue siendo tan puro como en aquel tiempo de cuando pasábamos horas con la pelota en la “clandestinidad”, o con las raquetas de metal de moda, y hasta la naranja de basquetbol, si fuera necesario.

El tiempo jugó su propio partido y alejó a algunos de los componentes de aquél equipo y con otros, la amistad siguió más allá del club y recorrió otros caminos pero les aseguro que jamás olvidaré tantos momentos compartidos con Roberto Ziger (una especie de Luis Galván, pero en versión académica), Sergio Wolf (Barú), Guido Levy (Cápsula, para nosotros), Vinchita (un Pedro González joven y con más movilidad), Daniel Zorzoli (cualquier riverplatense con empuje podría representarlo), Javier Abolsky, Mariano Furman y una larga lista que formaba parte de la planta permanente de futbolistas por “el pancho y la coca”.

También tuvimos rivales, hoy “famosos”, como los hermanos Vigil (hoy, “Cachito” es un reconocido hombre del deporte) o los también hermanos Korol, uno de los cuales, Diego, el hoy humorista, era el encargado de poner (y a veces, de llevarse) la pelota. También se hicieron clásicos los partidos contra los hermanos Lavalle.

Más de una vez, cuando salíamos a jugar fuera del club, al terminar los partidos se acercaba algún ojeador para preguntarle a Jorge si estaría interesado en jugar en su club, pero la respuesta era la misma, que prefería estudiar, para volver rápidamente con nosotros, los amigos, para festejar mucho más que haber ganado o perdido, el hecho de compartir un grato momento juntos.

Fue un privilegio haber jugado al fútbol con Jorge y más aún, continuar con su amistad.




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