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miércoles, 15 de febrero de 2017

Este Barcelona no es un equipo sino la suma de algunas estrellas




Desde hace tiempo, nada volvió a ser lo mismo. Por muchos años, primero de manera incipiente con Frank Rikjaard de entrenador, y ya luego con Josep Guardiola y Tito Vilanova de forma consolidada, el Barcelona estableció un maravilloso reinado futbolístico, siempre con la base de algunos jugadores geniales, pero con un concepto moderno de equipo.

No sólo se sabía a qué jugaba ese Barcelona, algo que no es sólo característico del equipo catalán sino de tantos otros (hoy, se sabe a qué juegan-bien o mejor- el Tottenham, el Borussia Dortmund, el Chelsea, el Sevilla, el Atlético Madrid, por ejemplo), sino que hubo cantidad de partidos que eran grandes lecciones de cómo se puede ganar de la mejor manera posible.

No hace falta recordar tantos partidos gloriosos, que muchos atesoramos en la memoria o en los archivos. Y en ese contexto de tantos años, no sólo de juego brillante sino de dominio del mundo del balompié, los grandes cracks, algunos siguen y otros ya se retiraron o fueron cambiando de equipo, tuvieron el respaldo del funcionamiento colectivo.

Una de las características fundamentales que perdió el Barcelona desde la muerte de Vilanova (sabio continuador del estilo de Guardiola) es la horizontalidad, para bien y para mal.

Esa horizontalidad le permitía tejer cada avance, cada movimiento sin tiempos hacia el arco rival, porque esa posesión de balón tenía un sentido, y era, primero, asegurarse depender de sí mismo (cosa virtuosa y elemental) y luego, darle el corte justo al área para la definición y de esta forma, obtener una ventaja que luego, al continuar la posesión, se hacía casi imposible de remontar, máxime que el rival debía abrirse en la búsqueda de empatar o descontar, y de esta manera aparecían más espacios para explotar.

Uno de los problemas de aquel Barcelona –uno de los muy pocos- fue el del gol. No es que no lo tuviera y de hecho, ha goleado infinidad de veces a sus rivales, sino que no marcaba, muchas veces, de acuerdo a la enorme diferencia de posesión que establecía ante los rivales.

Incluso, a veces también falló puntualmente en algunas cuestiones relativas a la definición, como con la carísima contratación de Zlatan Ibrahimovic, que acababa molestando los movimientos de Lionel Messi, cuando éste pasó a jugar en el centro del ataque, o cuando se intentó que un clarísimo volante central como Cesc Fábregas, pasara a jugar de “falso nueve”.

Lo que sí hemos sostenido siempre, si bien resulta anecdótico, es que nunca (hasta que llegó Luis Suárez, aunque ya el equipo no jugaba a lo mismo) el Barcelona pudo reemplazar a dos jugadores fundamentales: ni a Samuel Eto’o, con una movilidad única por su físico y velocidad, ni a Yaya Touré, porque ningún otro mediocentro tuvo tanta llegada al gol ni tanta insidencia ni potencia ofensiva.

Esto para nada significa que Sergio Busquets no sea un mediocentro de enorme calidad porque lo es, pero se trata de un jugador mucho más del círculo central y alrededores, que de promediar el campo rival. Esa zona, casi ni la pisa porque simplemente, se trata de otras características.

Señalado esto, el Barcelona post- Eto’o y Touré, fue sufriendo otras bajas como la de Carles Puyol, que sí pudo ser reemplazado por Javier Mascherano, pero quien no pudo conseguir a nadie a su altura desde que se fue, ex Xavi Hernández, uno de los mejores jugadores de la historia.

Ya con algunas posiciones en baja, el Barcelona fue cometiendo algunos errores muy importantes, como no haber reemplazado bien a Víctor Valdés en la portería y no haber sabido completar una plantilla que en todas las posiciones estuviera bien cubierta, y de hecho, fuera del once titular, no hay un banquillo de garantías en casi ninguna posición, con excepción de Arda Turán y Jèrèmy Mathieu. Si se suma a esto las transferencias de Alexis Sánchez y en especial de Thiago Alcántara, cartón lleno.

Pero aún quedan dos puntos más de gran importancia en lo táctico: una de ellas, la contratación de dos grandes delanteros como Neymar y Luis Suárez, que generaron un tridente temible y con una tremenda capacidad de gol siempre con el genio de Lionel Messi como estandarte, pero al mismo tiempo, eso y la salida de Xavi fueron generando un juego cada vez más vertical que cambió aquella idea original de los tiempos de Rikjaard.

El gran problema, entonces, de este Barcelona de hoy, es que por un lado ya no tiene una plantilla completa sino cracks en algunas posiciones, su juego ya no brilla y es mucho más vertical y lo más importante: no tiene un entrenador acorde a un tiempo tan distinto, y que no supo ni pudo plasmar una idea madre que contuviera este momento.

Así es que el partido de anoche en París ante el PSG vino a demostrar lo que en estas columnas se escribió durante tantos meses: que si el Barcelona puede pelear siempre los títulos en la Liga Española es por la enorme desigualdad que hay en un torneo en el que siempre (ahora con excepción del Sevilla) son los mismos los que están arriba por las enormes diferencias de presupuesto, pero que bastaría que los blaugranas se encontrasen con un rival fuerte en Europa para que las cosas quedaran claras.

Y es lo que ocurrió. Este PSG, con un entrenador sí capaz como Unai Emery, y con un sólido equipo en todas sus líneas (porque hay tanto o más dinero que en las arcas blaugranas pero además, hay idea de qué se quiere hacer con él), asfixió al Barça, no lo dejó mover y le dio una lección de táctica. Pero además, lo dejó herido de muerte para la Champions League de esta temporada.

El Barcelona, lo venimos diciendo, no tiene un entrenador acorde a su rica historia y a una plantilla que sigue teniendo varios cracks, aunque ya no sea tan completa, y que bien pudo administrar de otra manera los mismos recursos.

La diferencia con Gerardo Martino es simplemente que éste tomó un equipo destruido tras el final del ciclo de Guardiola y no le han fichado la cantidad y calidad de los jugadores que luego sí han venido con Luis Enrique, si bien el argentino cometió el error en el mercado de invierno de confiar en los veteranos que luego se resintieron físicamente.

Pero Luis Enrique no reunía los antecedentes como entrenador para estar a cargo del equipo, y si perdura es por algunos títulos ganados por un equipo que los puede ganar si encarrila una buena racha (incluso sigue en condiciones de darnos muy buenos partidos, porque con Messi e Iniesta y con el tridente ofensivo siempre es posible) y porque sus antecedentes de jugador le otorgan una mayor tolerancia.

Un último párrafo es para Messi, y más que nada, un gran interrogante acerca de su futuro. De quedar el Barcelona en marzo eliminada de la Champions League, ¿Eso le genera al genio algún ruido pensando en su futuro, cuando su contrato vence en junio de 2018? ¿No irá pensando que, tal vez, es el momento de cambiar de aires o seguirá fiel al club en el que jugó toda su vida profesional?

Queda esperar a una muy complicada remontada en marzo en el Camp Nou ante el PSG, pero más allá de ella, el Barcelona debe hacerse un enorme replanteo cuando acabe esta temporada, mucho más allá de ganar o no ganar títulos.  Por un lado, tratar de retener a Messi, cuestión elemental. Y por otro: apuntar a saber a qué quiere que jueguen sus equipos, y en base a eso, contratar a un entrenador acorde.

Este tiempo de improvisaciones ya le comienza a pasar al Barça una enorme factura, como la de anoche en París.


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