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viernes, 8 de octubre de 2010

El problema sigue siendo el fútbol argentino



No hay caso. El tema no pasa por si Sergio Batista debe seguir siendo el director técnico de la selección argentina, o no. Si el fútbol argentino no se replantea, a fondo, y de una vez por todas, a qué está jugando y a qué quiere jugar, el camino seguirá siendo lleno de sombras y no parece, a ciencia cierta, que con esta misma dirigencia que sigue pensando sólo en los negocios propios y que no está capacitada para llevar a cabo un proyecto de la envergadura que hoy tiene el fútbol a estos niveles, eso pueda producirse. Más bien, todo lo contrario.
Batista es bien intencionado. Pretende, como viene diciendo en cada entrevista, volver a las fuentes, a tener la pelota, a jugarla con criterio y como él sostiene bien, recuperar ese estilo de juego estético, de toque, característico de los años de brillantez argentina, que ahora esgrime España con orgullo. Ese estilo que representa el fútbol argentino clásico, justamente el que fue comenzando a perder en los años cincuenta, lentamente, con el tacticismo, que se profundizó en los sesenta y que ahora llega ya a su fase final, encadenado al superprofesionalismo que hace que todo se ajuste a los negocios. Y la estética y la productividad no son sinónimos. El fútbol argentino sufrió la invasión de la escuela de Coverciano primero, luego otras de entrenadores que sólo copiaron sistemas de otros, que juegan de otra manera, mejor o peor (todo indica que peor, porque si no, no vendrían a fichar a rolete a los argentinos, así como brasileños y uruguayos).
Pero lo venimos diciendo hace mucho: no hay genios como Lionel Messi (ridículo que le sigan pegando o comparando con Diego Maradona, porque vive en este tiempo y juega en este tiempo y son otros los parámetros) que alcancen si no hay un estilo, si no se tienen marcadores de punta, ni wines (perdón por mencionarlos en este tiempo tan fukuyamiano del fin de las ideas futbolísticas, pero así lo sentimos). Y si no hay cubiertos cuatro puestos claves en la cancha, y seguimos insistiendo con el innecesario y maldito "doble cinco", y no se coloca en la cancha a los mejores en serio, como Javier Pastore, y si tampoco se juega con un "8" a la usanza de los Ardiles o Brindisi y hoy apenas si son esforzados volantes, y si el arquero da rebotes en cada remate, y tampoco se para bien porque tampoco (salvo Independiente y alguna otra excepción) hay un trabajo particular de arqueros, ya sabemos lo que puede pasar. Hoy con Japón, mañana con otro, pasado mañana con otro así como también se podrá ganar. Pero repetimos: el tema no es el resultado sino saber primero qué se quiere hacer para avanzar en ese sentido, algo que excede al DT, que es privativo de una dirigencia, que hoy no tiene la más mínima capacidad y no sabe a dónde va porque sencillamente no le interesa. De ahí para abajo, se puede deducir lo que viene.
Y por favor, no escuchar cantinelas como que "el fútbol se igualó" porque si eso pasa, no es sólo porque los japoneses puedan mejorar (cosa siempre posible en la vida), sino que es Argentina la que involucionó por seguir justamente las recetas de aquellos que hoy se rasgan las vestiduras porque se pierde con los japoneses.
Si se hubiera respetado la esencia, hoy no tendríamos que escribir este artículo sino tal vez, otro regodeándonos sobre el baile a los japoneses. Porque los jugadores están y si no, habría que preguntarse cuánto valen en el mercado los jugadores argentinos y cuánto los japoneses, y por qué. El tema, entonces, no es ese, sino la esencia, como siempre.

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