martes, 25 de julio de 2017

La mano suelta de Centurión




La de Ricardo Centurión y Boca Juniors es una historia exagerada. Es la misma historia que pudo ocurrir en cientos de casos, pero que en muchos de ellos llegó hasta un tope y quedó en la nada, o bien fue tapada, o se fue disipando por los cambios sociales ocurridos en el ambiente del fútbol en los últimos tiempos.

El fútbol, venimos insistiendo desde hace tiempo en nuestras columnas, se fue transformando en un fenómeno de clase media, al menos entre los protagonistas, llámense jugadores, directores técnicos o hinchas. Y no por voluntad de las clases más sumergidas sino que el negocio fue empujando hacia esto.

Se acabaron aquellos tiempos del fútbol como fenómeno de masas de todas las clases sociales porque los costos, el tipo de espectáculo, el formato y hasta la forma de selección de los chicos para las divisiones inferiores obedecieron más a la pretensión de negocio que al purismo de elegir efectivamente a los mejores.

Aquella idea del ascenso social de la nada a tenerlo todo parece de excepciones y hoy, desde muy jóvenes, muchos chicos ya tienen sponsors, ganan buen dinero, y esencialmente se trata de mayoría de blanquitos, rubios y de ojos claros, apellidos difíciles y obedientes a los DT al provenir de las escuelitas de fútbol que detectan algunos talentos pero más que todo, sirven en bandeja a este fútbol “moderno” a las próximas “figuras en serie” que están para cumplir en la cancha con lo que se les va a ordenar.

Aquello que sostenía en aquellas gloriosas páginas de la revista “El Gráfico” Ricardo Lorenzo Rodríguez, “Borocotó”, sobre que el mejor fútbol es aquel que proviene de la pobreza, hoy parece un asunto terminado, pero claro, necesita también del periodismo que hable fácilmente de “romperla”, “descoserla”, a la buena jugada hecha dos o tres veces en un partido, que cree que todo comenzó cuando el cronista nació, y se excede en elogios que no deja nada para un posible deslumbrante futuro.

Este fútbol lleva años acostumbrándonos a la medianía, a la carencia de grandes cracks, y la falta de oportunidades para el pobre tipo que es hábil en serio y tiene ese don que los otros (con más oportunidades económicas) no consiguen, y entonces allí aparece un Ricardo Centurión, una aguja en un pajar, con esa riqueza de juego que viene acompañada de una vida complicada, como parte de una generación que como otras ya, no ha tenido la ayuda necesaria del sistema para salir adelante y que anda en “malas” compañías.

A Centurión no sólo le soltó la mano Boca Juniors, que a último momento le impidió firmar un contrato con el Genoa en Italia para ofrecerle venir a seguir jugando en la Argentina, y que no pensó en darle contención, por ejemplo, dentro de un plantel de jugadores experimentados, o con su departamento de psicología, sino que ya el sistema le vino soltando la mano acaso desde que nació.

Centurión pudo llamarse Gatica, Pascual Pérez, Rojitas, Houseman u Ortega, como tantos otros apellidos que tuvieron que enfrentarse a innumerables problemas, aunque en otro tiempo fueron más acompañados por actores que se identificaban y que hoy se van borroneando del paisaje porque no tienen acceso a nada, también ellos sin manos que los sostengan, ni para pagar una entrada ni para que la mirada de quienes les cuentan las cosas sea, por lo general, de una clase media criada en el negocio y en el prejuicio.

Y este Boca de Daniel Angelici es la expresión más cabal de la mirada “fashion”, de la “mano suelta” de este tiempo en el que sólo vale el negocio sin importar demasiado el jugador y en base a la “imagen” del club, el mismo que permitió que en un Superclásico se tirara gas pimienta a los rivales, o que su propio presidente no pasara el test de idoneidad (ya no el de integridad) en la Conmebol para ser vicepresidente de la AFA.

Es decir, una vez más, lo que daña “la imagen” de Boca es que un jugador criado como pudo, sin que nunca nadie le dijera cómo se usan los cubiertos en una comida, que al menos puede ofrecer un gran espectáculo con su habilidad en el césped, tenga un comportamiento que no gusta en su vida privada (aún con actos que merecen el repudio), pero no lo del gas pimienta, o los actos de su propio presidente.

Se juzga con la vara del establishment, con el uso del rasero de la doble moral y todo sigue como si nada.


Mientras tanto, Centurión queda colgado otra vez.  Con la mano suelta. Sin oportunidades.

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