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sábado, 1 de julio de 2017

El fútbol alemán, acaso el mejor espejo donde mirarnos





                                       Desde Moscú

Ahora resulta fácil. Todos hablan de la máquina de jugar que es la selección alemana y su director técnico Joachim Low atraviesa un momento de enorme paz, casi sin ningún cuestionamiento ni de la prensa local ni de la internacional. Hay una coincidencia absoluta en que hoy por hoy, salvo por el resurgimiento de Brasil, son muy pocos los equipos que pueden ganarle una final a los alemanes, y Chile es justamente uno de esos pocos.

Sin embargo, la historia acerca de cómo la selección alemana llegó hasta este tiempo de tantas mieles vale la pena ser remarcada y estudiada, para tratar de sacar conclusiones que puedan servir acaso para que alguna vez, algún dirigente argentino ose entender que no se puede actuar siempre cuando las papas queman sino tener un proyecto, saber qué se quiere hacer a futuro, que para eso están los que presiden una institución.

Para fines del Siglo XX, el fútbol alemán había comenzado a entrar en una meseta que sus dirigentes de entonces consideraron complicada, al menos en lo futbolístico. La selección no sólo no ganaba un título mundial desde 1990 sino que su juego aburría, era siempre lo mismo: se basaba en la potencia, en la velocidad, los contragolpes, la fuerza típica del alemán, por lo general un tipo grandote y de buen físico.

Tras la Eurocopa en Inglaterra 1996, la baja se acentuó y ya el Mundial 1998 en Francia y especialmente las Eurocopas de 2000 y 2004, en las que el equipo no pasó de la primera, llevaron a los dirigentes a pensar en apostar a un cambio, que llegó de la mano del menos pensado: el cuestionado (en otros órdenes) Gerhard Mayer-Vorfelder, quien tras el fracaso de Rudi Vöeller en el banco, pensó para reemplazarlo nada menos que por su ex compañero en el ataque del último mundial ganado por los germanos hasta entonces, Italia 90: Jurgen Klinsmann.

Parecía apenas un cambio de figuritas: campeón por campeón, atacante por atacante, figura por figura, pero las cosas no fueron como se pensaba.

Y aquí llega la etapa más interesante, la que comienza en 2004, y donde veremos algunas similitudes con algunos debates (con más o menos profundidad de acuerdo con los actores) que también ocurrieron y ocurren en el fútbol argentino.

Klinsmann, como señalábamos más arriba, produjo un profundo cambio en la concepción del juego en el fútbol alemán. Acaso basado en tantos entrenadores que tuvo en su carrera (entre ellos, César Menotti), produjo una revolución en el fútbol alemán: había que intentar jugar mejor. La pelota pasaba a ser fundamental y ya correr por correr no era sustancial. Había que convencerse de que el jugador alemán podía realizar esta transformación a partir de otra concepción filosófica.

El problema de Klinsmann es que más allá de sus buenas ideas, nunca había sido un tipo fino para expresar estas ideas, pero traía en su cuerpo técnico a un tal Joakim Low como ayudante, un gran analista y estudioso, pero especialmente una persona de enormes convicciones, y ambos se ayudaron mutuamente: Low puso la idea y Klinsmann, al fin de cuentas un campeón del mundo muy reconocido por su gran carrera internacional, la cara.

Con Klinsmann llegaron dos ideas: la de que cada club participante en la Bundesliga tenía que tener, de allí en más, una academia propia para la formación de niños y adolescentes, es decir que ya no alcanzaba con las divisiones inferiores sino que se apuntaba a algo más cercano a lo que es La Masía del Barcelona, un reconocido lugar de formación de jugadores y personas, y, prestar mucha atención, la dupla técnica que asumió la selección en 2004 buscaba traer al plantel a un director técnico que provenía del hockey sobre césped, Bernhard Peters.

Tanto las ideas acerca del cambio en el juego hacia una mayor posesión de balón y de correr menos, como lo de traer al plantel a un director técnico proveniente del hockey sobre césped fueron ampliamente resistidos por la vieja guardia del fútbol alemán, simbolizada dentro del campo de juego en la figura de una de las estrellas del momento, Michael Ballack, eje del Bayer Leverkussen que estuvo muy cerca de ganar una Champions League en 2002, cuando una volea de Zinedine Zidane en Edimburgo acabó con el sueño (en aquel equipo jugaba Diego Placente, entre otros).

Ballack sostenía en cada entrevista que le hacían, que era partidario de la lucha, el sacar partido por la envergadura del futbolista alemán, la potencia, y eso acabó en un largo enfrentamiento ideológico con la dupla técnica de la selección justo en los años previos al Mundial 2006, en el que Alemania iba a ser protagonista por ser local.

La mesa estaba servida para la gran polémica interna. Los medios (salvo el Bild Zaitung, que estaba más cerca de la resistencia de la vieja guardia) apuntaban que la selección jugaba mucho mejor que los clubes de la Bundesliga, que se notaba la distancia, y por supuesto que la Federación Alemana, la DFB, no aceptó que el ex DT del hockey asumiera en cualquier cargo (se lo llegó a proponer como asesor ejecutivo, preparador, director deportivo, pero nada) y en cambio, fue designado para el cargo de director deportivo otra ex estrella del Borussia Dortmun y campeón de la Euro 2006, Matías Sammer.

Con Sammer y Ballack, la polémica con la dupla técnica Klinsmann-Low fue en aumento, y allí fue que Klinsmann lo pagó más caro y acabó yéndose a dirigir a la selección de los Estados Unidos aunque los resultados comenzaron a llegar de a poco, a tal punto que hasta el Bayern Munich tuvo que modificar su estructura desde la llegada de Louis Van Gaal a la dirección técnica para la temporada 2009/10, cuando llegó a la final de la Champions pese a que fue derrotado por el Inter de José Mourinho en el Santiago Bernabeu.

La llegada de Van Gaal ya produjo una sinergia con la selección de Low que ya fue imposible de destrabar por parte de lo poco que quedaba de la vieja guardia a partir del retiro de Ballack y con la escuela holandesa metida en los primeros planos de la Bundesliga y con una cada vez mayor influencia española desde 2004, con la llegada al banco de Luis Aragonés, luego reemplazado por Vicente Del Bosque.

Ya Alemania había puesto segunda y tercera hacia su nuevo rumbo, y si bien fue eliminada por España en forma ajustada en la semifinal del Mundial de Sudáfrica 2010, los frutos no tardarían en llegar.

De todos modos, y aunque no había llegado ningún título mundial en dos décadas, para los alemanes cada eliminación fue un aprendizaje y nada más que una derrota deportiva y no un drama existencial. Y fue recién al llegar al Mundial de Brasil, en 2014, que quienes manejaban el fútbol alemán dijeron al arribar a Sudamérica que “ahora si” estaban para ganar un gran torneo como éste. De hecho, la DFB ni siquiera quiso dejar librazo al azar el hotel y se construyó su propio lugar de concentración.

Hoy, la selección alemana es una máquina que arrasa en cualquier torneo: para la Copa Confederaciones, Low dejó descansar a Ozil, Khedira, Neuer, Boateng, Hummels, Reus o Thomas Múller. Se retiraron ya Lahm, Podolski, Klose, Mertesacker y está lesionado por varios meses Mario Götze, pero todo sigue igual con la segunda línea, que juega, incluso, mejor que la primera, y mientras tanto gana el Europeo sub-21 imponiéndose nada menos que a España en la final.

Alemania se puede dar ahora esos lujos porque tuvo un fuerte debate interno, porque sus dirigentes supieron qué querían y porque el proyecto comenzó de arriba hacia abajo: desde la institución hacia el campo de juego.

Tal vez sirva para que algún dirigente argentino que por casualidad pase por este blog y lea estas líneas, entienda que hay caminos que necesariamente hay que seguir. De hecho, las dos veces que el fútbol argentino tuvo proyectos serios (1974-1982 y 1995-2007), acabaron en títulos mundiales.

Y el hecho de que la selección argentina pudo vencer a esta selección alemana en la final del Mundial 2014 con tres claras oportunidades de gol, y que recién haya caído en el final del alargue, es una pauta más de lo que podría conseguirse con un proyecto serio y a largo plazo.


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