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viernes, 8 de mayo de 2015

El ajedrez del Superclásico



Cierto, esto es fútbol. Pero estos tres Superclásicos en serie, de mayo, tienen mucho de ajedrez, de cálculo, de optimización de los recursos, de psicología. No sólo de fútbol-juego, aunque también. Más que nunca, el éxito consiste en una sumatoria de causas y azares, pero aún en el azar, es importante qué uso se le dará.

Tenemos dos rivales que no llegaban en las mismas condiciones. Boca cuenta con un plantel bastante más largo que River y por primera vez en años, habiendo acertado en la mayoría de las últimas contrataciones, lo cual no significa que, en la cantidad de buenos jugadores, tenga más que su rival, sino que cuenta, en número, con más jugadores de calidad. Eso es todo.

Entonces, en el caso de su director técnico, Rodolfo Arruabarrena, reside la decisión de cada alineación para cada uno de los partidos, el del campeonato, y especialmente los dos de la Copa Libertadores.

Para los que leen nuestro blog, es sabido que jamás nos dejamos influir por las versiones o las opiniones de los grandes medios. Hay una corriente que se va contagiando de algunas firmas o voces de peso y repiten consignas muy de este tiempo, sin mucha profundidad, acerca de que, por ejemplo, en Boca se hizo un “gran trabajo” durante 2015, por el hecho de ser líder de un torneo mediocre con no menos de diez equipos que deberían estar en el Nacional B pero que por razones políticas coinciden en el mismo campeonato, o por mantener un invicto ante la mayoría de estos mismos equipos, o por haber sacado los 18 puntos en la fase de grupos ante rivales de muy poca monta.

Pero Boca no juega bien, sino que, a veces, logra establecer diferencias porque tiene, en algunas posiciones, jugadores de gran calidad, que no es para nada lo mismo que ser un buen equipo. Salvo parcialmente Estudiantes o Huracán, y River en la Bombonera en el partido del campeonato, o contra Lanús (gracias a haber sufrido un gol de entrada que lo despertó), los rivales no indicaban demasiado y hasta ha sufrido más de la cuenta contra muchos equipos con planteles humildes (San Martín de San Juan, Nueva Chicago, buena parte ante Defensa y Justicia).

El exitismo y las “opiniones autorizadas” basadas en el exitismo, fueron derivando en esta idea que se hizo carne, la del “gran” trabajo de Arruabarrena, un tipo sensato, equilibrado en las declaraciones, que parece mantener un buen clima en el plantel, pro que nada de eso significa que Boca sea un equipo sólido, y mucho menos, que haya sabido elegir a los protagonistas para cada uno de los Superclásicos.

Arruabarrena ya estaba en el cargo cuando Boca fue justamente eliminado por River en la Copa Sudamericana hace escaso medio año y Boca, aparentemente (es decir, en resultados y en cierto funcionamiento, no mucho más) llegaba mejor que River a los octavos de final, aunque igual en el torneo local (los dos únicos punteros e invictos), y tenía que tomar decisiones importantes: 1) Qué jugadores para qué partidos, 2) Cómo planificar esos partidos desde lo estratégico, 3) Cómo volcar la psicología a partir de la necesidad de “vengar” lo ocurrido en la competencia continental anterior.

No hablamos de lo táctico porque en cuanto al funcionamiento propio, creemos que Boca sigue sin ser un equipo y que su director técnico comenzó a mezclar a sus jugadores en una supuesta primera etapa de estudio, sin haber determinado nunca, hasta ahora, un conjunto titular y otro suplente, o uno para la Copa Libertadores y otro para el torneo local.

Desde el funcionamiento, salvo por algunos minutos en los que los mejores técnicamente administran la pelota, por lo general el equipo aparece pasado de revoluciones, corriendo mucho más de lo deseado, chocando en muchos otros, y definiendo, en segundos, un buen porcentaje de ocasiones.

Llegado el momento de los tres Superclásicos, Arruabarrena fue presa de su indecisión con tanto plantel. Volvió a optar por la mezcla de jugadores, a lo que se sumó el azar por la lesión de Cristian Erbes, y ahora, el desgarro (segundo en poco tiempo) de Adrián Cubas, lo que lo deja sin un “cinco” puro justo para el partido clave del jueves en la Bombonera.

El panorama era claro: primero, el partido del domingo por el campeonato, en el que mucho quedó bajo la alfombra solamente porque Boca ganó, aunque haya sido en el final y cuando el director técnico rectificó su grave error en la formación inicial: No era un partido para Marcelo Meli, sino para Pablo Pérez, porque el torneo es más largo, hay más tiempo para los cambios y llegaban en pocos días partidos más “belicosos” de Copa, en los que el ex volante de Colón, así como el lateral derecho Gino Peruzzi, reunían más fuerza en un caso, y experiencia para el otro. Es decir, era, el primero, un partido para Marín y Pérez, y hasta para Carrizo (flojo hasta ahora en la temporada, sin terminar casi nunca sus jugadas) y Calleri, dejando a los de más carácter o gol a los de mayor capacidad para eso, como Daniel Osvaldo o Adrián Chávez (aún andando mal en los últimos partidos).

La rectificación de los quince minutos finales demuestra claramente el error inicial en la Bombonera, pero más complicado fue lo de la Copa. El once inicial del torneo obligó, en buena forma, a optar por el resto de los jugadores para el jueves pasado. Y en poco tiempo ya se vio que Pérez no está para las batallas sino para los partidos más pensados, y menos, si el rival, inteligentemente, coloca un “doble cinco” con Leonardo Ponzio y Matías Kranevitter presionando sistemáticamente tanto  a Pérez como al propio Fernando Gago.

En lo estratégico, tampoco se entendió el planteo, porque el gol de visitante cotiza mucho y, es cada vez más claro, Calleri es un delantero para fajarse con las defensas rivales, protege bien la pelota, es guapo, pero no es un clásico nueve con gol, como sí lo es Osvaldo, y entonces junto a Pavón, con la enorme presión alta de River, quedó aislado, mientras que el medio no pudo imponerse al local en ningún momento.

River, ahora desde el factor anímico, volvió a ser el de la Copa Sudamericana, claro que con menos fútbol por la baja en el rendimiento de Leonardo Pisculichi y Gonzalo Martínez, y más allá de que acabó ganando con lo justo, de penal, y que probablemente debió quedarse con ocho, porque sebieron irse expulsados Ramiro Funes Mori, Ponzio y Carlos Sánchez, sin contar a Teo Gutiérrez, el que sí vio la roja al final.

Ahora, Boca llega muy cambiado al último partido del jueves 14, con el reloj de arena corriendo en contra, y con la amenaza que pende de que un gol de River lo obligará a marcar tres, en una serie que al no haber podido meter goles de visitante ( sólo tuvo una situación clara en noventa minutos), lo condiciona demasiado.

Lo de River es más simple. Marcelo Gallardo cuenta con menos jugadores y su equipo no estaba en el nivel de 2014, pero fue recuperando a algunos integrantes del plantel, se favoreció con el azar de los resultados externos en la muy pobre fase de grupos, y una vez que salió airoso y quedó con la chance de enfrentar a Boca, se aferró a su pasado reciente y recuperó cierta memoria, sumado a su aporte anímico.

Ahora, se encuentra a un empate (y hasta una derrota corta, si marca un gol) de pasar a los cuartos de final, algo ni soñado hace un mes.


Queda un partido para terminar de resolver el ajedrez del Superclásico, pero si hay algo claro, es que los hechos (no sólo los futbolísticos) son pluricausales y poco casuales, apenas la cuota necesaria de azar.

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