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miércoles, 20 de mayo de 2015

El fútbol argentino, en estado de implosión (Jornada)



Bastó que entrara la capsaicina, una sustancia con principio activo del gas pimienta, en la manga de los jugadores de River Plate en el nefasto jueves pasado en la Bombonera, para que todo estallara en mil pedazos.

El fútbol argentino, como se ve, necesitaba apenas una mecha para que mostrara toda su endeblez porque venía sosteniéndose (como tanto se insistió desde estas columnas) sin ninguna base y no había tenido aún el 2001 que sí atravesó la Argentina.

2015 no es un año más, sino el que va a definir el próximo Gobierno Nacional, el de la Ciudad de Buenos Aires, el de la AFA y por si fuera poco, el de Boca Juniors. Por eso, el revuelo que generó el pasado Boca-River de la Copa Libertadores que no pudo terminar de jugarse, en un contexto en el que varios partidos locales continúan pese a agresiones que reciben los protagonistas, algunos se juegan a puertas cerradas por desórdenes generados con una sola hinchada, y con operativos policiales que no pueden ser exitosos pese a tantos recaudos y cientos de efectivos policiales.

El fútbol argentino vive, desde hace ya mucho tiempo, una situación terminal porque en la Argentina ocupa un lugar desmedido, y porque la sociedad se futbolizó tanto, que se lo utiliza hasta cuando no se habla de fútbol.

“Me la dejó picando”, “Le estoy tirando centros todo el tiempo”, “juega con diez”, “lo tengo de stopper”, “saca todas las pelotas al córner”, no son más que expresiones de la agenda de los argentinos, que conviven desde hace más de medio siglo con la violencia organizada, la que denominamos “violencia del fútbol” porque no viene de la nada, sino de toda una concepción filosófica.

Bastó que Daniel Angelici, presidente de Boca ligado al macrismo, se enojara con la falta de respaldo de la AFA en su alegato ante la Conmebol por los hechos del jueves, para que saliera a jugar fuerte (algo que conoce muy bien porque viene de ese palo, el del juego de azar) y en esta jungla en la que se transformó el fútbol argentino desde la muerte del caudillo, Julio Grondona, no sólo renunció a la vicepresidencia, sino que denunció una virtual intervención estatal en la entidad,  que hay gastos exagerados (aportando detalles concretos), que se perdió dinero en el pasado Mundial (aún cuando siendo subcampeón, se percibió 25 millones de dólares desde la FIFA) y hasta que para la próxima Copa América, se cobrará lo mismo que la Federación de Jamaica, siendo que la selección nacional cuenta en sus filas con Lionel Messi, Sergio Agüero, Angel Di María, Javier Mascherano o Carlos Tévez.

Angelici conoce el paño. Por un lado, intenta victimizarse vinculando a Adrían “El Panadero” Napolitano, quien se hizo tan famoso en estas horas que en cualquier momento termina bailando por un sueño o como parte de la casa del Gran hermano, con agrupaciones opositoras de Boca haciendo su juego para las elecciones, y por otro, a la AFA con el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

Pero más allá de esto, de lo que no tiene defensa alguna Angelici (y lo sabe) es de su estrecha relación con las barras bravas, algo que no es nuevo y que vino sobrellevando ante los medios y la opinión pública como pudo.

Angelici es el padrino del hijo de Martín Ocampos, el dubitativo fiscal general de la Ciudad de Buenos Aires y quien debería entender en lo ocurrido en la Bombonera. Su ex jefe de Seguridad, el fiscal Carlos Stornelli, participó como invitado en el casamiento de Rafa Di Zeo, uno de los líderes de “La 12” que volvió de la cárcel y quien alardeó ante el periodista español Jon Sistiaga en un gran documental, que tener poder “es tener el teléfono de los que tienen poder”. Y por si fuera poco, el fiscal Daniel Pablosky, hacía malabares para explicar cómo, pasados ya casi cinco días de los hechos, se espera con pretendida ingenuidad que Napolitano se entregue, sin que la fuerza pública parezca preocupada por encontrarlo.

No sólo Angelici.  También el arquero Agustín Orión, que ya estaba en el ojo de la picota, volvió a hacer de las suyas cuando además de la absoluta falta de solidaridad con sus colegas de River, instó a muchos de sus compañeros (algunos ni movieron los brazos y se escudaron en otros, como pudieron) a saludar a la barra brava, vaya a saberse si por lealtad o temor, o ambas.

Orión (como Angelici en el caso de los cargos dirigenciales) aún no había renunciado a la secretaría gremial de futbolistas Argentinos Agremiados (FAA), tras la vergüenza del jueves, cuando colegas suyos, que habían sido gaseados, se encontraban  rehenes de una situación complicada, con amenazas de botellazos y piedrazos…desde un sector de plateístas, que pagan bastante caras las entradas o los abonos.  Pero la rivalidad pudo más que la solidaridad.

También sus colegas riverplatenses dejan mucho que desear en esta locura que vive el fútbol argentino, colgando una foto con los dedos en “v” para festejar un pase a cuartos de final de la Copa Libertadores que no se terminó de ganar en el campo de juego.
Es tanto lo que se juega en este fútbol de caretas, de poses, de declaraciones sin sentido ante periodistas que hacen que preguntan, con los protagonistas tapándose la boca para que no nos enteremos qué están tramando, con violentos organizados y otros que no lo son pero que los imitan y cantan sus canciones y hasta aparecieron algunos ahora que no lo son, pero que sí quisieran serlo y hacen todo el mérito posible para ser considerados.

En tiempos no tan lejanos, los cómodos medios de comunicación llamaron “energúmenos” o “inadaptados” para separar a unos de otros. Pero ¿lo son? ¿No son, acaso, demasiado adaptados en una sociedad que admite que se corte la luz en una universidad pero se jueguen los partidos, que acepta que el fútbol se juegue a cualquier horario, aunque sea laboral o de estudios, porque siempre tiene prioridad sobre cualquier actividad?

¿No son demasiado adaptados cuando la propia Presidenta de la Nación, mal aconsejada, afirma que los violentos son “buenos muchachos en el paraavalanchas”, o cuando los legisladores, oportunistas, debaten sobre “violencia en el fútbol” y utilizan como léxico “aguantar los trapos”?

Por si fuera poco, para desligarse de cualquier responsabilidad en el operativo de seguridad de la Bombonera, con 1300 efectivos que no fueron hallados en lugares claves del estadio, aún cuando su intervención fue acertada para suspender el partido ante las eternas dudas de la Conmebol, el secretario de seguridad nacional, Sergio Berni, desvía la atención opinando que la AFA debe ser intervenida.

¿Qué fue lo que le pasó al fútbol? ¿Qué transformó un maravilloso juego, que despertaba tantas pasiones, en un desastre organizativo, con más de trescientos muertos en su historia, con miles de heridos, con tantas complicidades, con un Estado que fue ausente y hoy es cómplice (este columnista piensa en la suma de Estado y AFA que da como resultado una Estafa), y en el que ahora todo vale, sin ninguna vergüenza?

Nada viene de la nada. Viene de décadas de apuesta subida por un negocio para pocos, que se juega en oficinas, bares, bancos, departamentos. No se juega en el césped.
Hace tiempo que nos robaron la fiesta cuando tras el Mundial de Suecia 1958, los dirigentes de entonces decidieron importar un modelo que no era el nuestro, para ser la sucursal de los grandes negocios con sede en Zurich.

Desde allí, todo cambió. Se necesitaron violentos para impedir la rebelión de los últimos románticos que apostaban al juego y ese modelo tacticista, físico, contrario a la tradicional técnica argentina, basado en el negocio, se impuso a todo.

Desde entonces, ese cóctel con una sociedad frustrada por años y años de promesas incumplidas, por generaciones que jamás tuvieron trabajo en su casa, y tantas otras lacras, acabaron apostando todo al fútbol, a ganar aunque sea  con la camiseta.

Es lo que hay.


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