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viernes, 3 de junio de 2016

Mis recuerdos de México 86 II: Don Alejo



Ninguno de los que estábamos acreditados en el Mundial de México suponíamos que nos cambiaría tanto la vida la devaluación del peso mexicano. La medida, que se tomó durante el gobierno de Miguel de la Madrid, que se encontraba en la mitad de su mandato, determinó que nuestra estadía fuera mucho más llevadera.

Lo que antes se proyectaba como algunos pocos viajes en taxi y muchos en transporte público, en “peseros” o “camiones”, pasó a una comodidad mucho mayor en el transporte. Y si la idea era ir a algún partido de Brasil en Guadalajara, ahora se había transformado en aviones para cada encuentro de la fase de grupos, y en el propio centro de prensa teníamos stands de las compañías Mexicana y Aeroméxico, que competían por las tarifas.

Esta nueva situación nos facilitó una oferta que le hicimos al taxista que tomamos en uno de los primeros días. Habíamos pasado una jornada agradable, y nos planteamos, los que terminamos integrando un grupo inolvidable, hacerle una oferta “imposible de rechazar”.

El humilde taxista, que se nos presentó como “Don Alejo Fonseca Pastrana, pa’ servirle”, se sorprendió.  Incluso no entendió la primera idea. Le habíamos preguntado cuánto sacaba por la jornada total y cuando nos dio un valor estimativo, le ofrecimos muchísimo más pero pensó que eso le implicaría perder su trabajo por un mes. Luego entendió y acabó aceptando.

Los viajes en el destartalado taxi de Don Alejo, por todo México DF, se proyectaron a Puebla, para ir a los partidos de Argentina ante Italia y Uruguay, Querétaro y toda ciudad cercana a la que pudiéramos acceder con el esforzado vehículo.

La hermosa rutina consistía en que Don Alejo, bajito y con bigotes, unos cuarenta y pico de años, acaso cincuenta disimulados, nos fuera a buscar al hotel y se sentara a compartir el desayuno, aunque siempre nos rechazaba primero diciendo que ya lo había tomado en su casa, pero luego accedía a acompañarnos.

Luego subíamos al coche aunque siempre teniendo que esperar a que un demasiado tranquilo Gabriel Pedula acabara de atarse los cordones de los zapatos con total parsimonia.

Gabriel se sumaba al asiento de atrás junto al amigo Luis Blanco, de Las Parejas, que merece un capítulo aparte (sino más), y quien esto escribe, y al lado del compañero chofer, infaltable, se sentaba otro personaje memorable, don Juan Bautista Scursoni, ex futbolista amateur y ex deportista de once disciplinas diferentes, de 86 años en ese momento.

Scursoni había levantado la mano desesperado en una conferencia de prensa de Havelange porque unas preguntas antes, Diego Lucero se había presentado como “el decano de los periodistas acreditados”. Cuando le dieron la palabra a Juan, dijo que sólo quería aclarar que era él el decano “por unos meses de diferencia”.

Al terminar  el sufrido partido contra Uruguay, por los octavos de final y cuando el cielo se cerraba amenazante al mismo tiempo que los celestes arremetían por el empate con la dupla Rubén Paz-Enzo Francéscoli, dimos toda la vuelta al estadio porque en una ráfaga, se nos había perdido Juan, y no podíamos volver al taxi sin él.

Resignados, sin encontrarlo, decidimos regresar (en tiempos sin teléfono celular) para avisarle a Don Alejo lo que estaba ocurriendo pero para nuestra sorpresa, Juan estaba parado junto a él y muy enojado nos preguntó “¿Dónde se habían metido que los estamos esperando para irnos?”.

Aquellos viajes en el taxi de Don Alejo reflejaban una alegría natural. Luis Blanco, afecto siempre a conocer la cultura de cada lugar, se animó (por suerte) a preguntarle si conocía una determinada canción, la tarareó con una voz demasiado buena para ser aficionada, y el taxista lo siguió. Acabamos haciendo coro los cuatro, “con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quieroooooo, y mi palabra es la leeeeyyyy”, y así pasamos a lo que cada día sería un pot pourri de canciones lugareñas hasta descubrir, claro, que Luis era mucho más que un simple cantante (luego descubriría en su casa, años más tarde, sus fotos con Mercedes Sosa y tantos otros).

Aquellos viajes con Don Alejo traen a este cronista recuerdos de momentos hermosos, y de los otros, como cuando llegamos cerca de Neza y encontramos aquel muro vergonzoso que habían colocado para que no pudiéramos ver la pobreza que había del otro lado.


Más tarde, en ese mismo viaje, tuvimos la posibilidad de alquilar un coche, que nos daba una mayor comodidad, pero jamás fue lo mismo que el taxi destartalado de Don Alejo Fonseca Pastrana pa’servirle. 

1 comentario:

Marcelo dijo...

Leyendo este relato me vino a la memoria mi tío Don Scursoni, me imagino la paciencia de Uds para semejante viaje al lado de semejante personaje, historia viviente del deporte Argentino, un tipo fuera de serie, un hincha pelotas sin igual, pero que tengo muy presente en mis recuerdos y anécdotas