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lunes, 27 de junio de 2016

Chile generó otra frustración argentina (Yahoo)




Parece una maldición, pero en verdad, no lo es. La selección argentina quedó otra vez a las puertas de un título que no gana oficialmente desde 1993, al caer por penales ante Chile en la final de la Copa América Extra de los Estados Unidos, como hace un año en Santiago por la misma competición, y es la tercera decisión consecutiva desde que cayera ante Alemania en el alargue de la final del Mundial de Brasil 2014.

Hay que hurgar mucho en la historia del fútbol para encontrar una situación semejante. Que una selección con estrellas requeridas por todos los equipos, que tiene al mejor jugador del mundo, Lionel Messi, haya perdido tres finales consecutivas en tres años seguidos, la del Mundial 2014 en Brasil, y las de las dos Copas América 2015 y 2016, sin haber podido marcar un solo gol en tres partidos con tiempo suplementario incluído.

La desazón fue tan grande, que hay que ver si fue dicho en caliente, pero Messi anunció, dos horas más tarde de perder la final, que dejará de jugar en la selección argentina y que la decisión es “definitiva”, lo que abre un nuevo frente de crisis para el equipo albiceleste.

Al cabo de todo el torneo, algo que ya había ocurrido en la Copa América pasada, la selección argentina fue el equipo más regular pero la sensación era que no había tenido, excepto a la misma Chile en la fase de grupos, a la que venció 2-1, ningún rival de una talla complicada, sino equipos muy accesibles.

Chile, en cambio, fue de menor a mayor en el torneo. Comenzó frío, con una derrota ante Argentina, apenas si le ganó 2-1 a la débil Bolivia con un dudoso penal sobre la hora, y recién en cuartos de final ante México, produjo una actuación sobresaliente, sorprendiendo con un 7-0 inapelable.

Desde ese momento, el equipo que ahora dirige el argentino Juan Pizzo fue creciendo en el juego y en su convicción por la posesión de la pelota, con toques a mucha velocidad, y llegando a la portería rival con mucha gente y así eliminó rápidamente a Colombia en semifinales.

Argentina había goleado a Estados Unidos, el equipo local, por 4-0, con mucha autoridad, pero todo se iba asemejando a la Copa América de 2015 cuando también había goleado a Paraguay en la misma instancia 6-1 para perder en una ajustada final ante Chile, por penales.

Otra vez ahora, cuando la selección argentina tuvo que salir a jugar una final, con el peso de las dos derrotas anteriores en la misma instancia, el equipo ya no fue el mismo.

Un Angel Di María otra vez limitado por una lesión, Ezequiel Lavezzi ausente por  otra, Javier Pastore sin haber jugado nunca por otra dolencia, el entrenador Gerardo Martino optó por cambiar el esquema táctico que le había dado éxito y en el que basó su filosofía. Del 4-3-3 pasó repentinamente a un 4-3-1-2, que en verdad acabó siendo, con la expulsión de Marcos Rojo, un 3-3-2-1, con Messi y Ever Banega detrás de Gonzalo Higuaín primero, y de Sergio Agüero más tarde.

El equipo argentino repitió mucho de lo que ya vivió en las otras dos finales como para recurrir al azar, algo que hizo Martino tras el partido en la conferencia de prensa.

Porque Higuaín volvió a tener una clara situación de gol frente al arquero Claudio Bravo y no la pudo concretar. Porque quedó con un jugador de más por quince minutos en el primer tiempo cuando fue expulsado en Chile el volante Marcelo Díaz, y cuando se lesionó Alexis Sánchez, quien arrastraba un golpe en el primer tiempo.

Chile, en cambio, jugó como siempre. En una final muy pareja, apostó al toque, a cortar el juego argentino, a presionar lo más arriba posible. En definitiva, a respetar un estilo que comenzó hace ya muchos años con Marcelo Bielsa como entrenador, y que siguió aunque ya haya sido reemplazado por Jorge Sampaoli y Juan Pizzi, casualmente, todos argentinos.

Para Chile, la ratificación de un excelente momento, con las ideas claras, con una gran generación de jugadores que sacan todo el beneficio posible de la situación.

Para el fútbol argentino, un momento de enorme desconcierto que excede el propio juego. Con Messi (que además falló su penalti) dando por cerrada una etapa, con Martino perdiendo, en lo particular, su tercera final de Copa América consecutiva (la primera con Paraguay en Argentina 2011), y tal vez, con la propia AFA desafiliada de la FIFA por los enormes problemas institucionales internos, por los que los jugadores se quejaron públicamente en las redes sociales en los días previos en la final.

No puede ser casualidad que este equipo argentino haya perdido tres finales consecutivas. Es demasiado, y la explicación no pasa sólo por el juego.

Si el fútbol argentino no sabe qué torneo local se jugará en menos de dos meses, cuando comience la nueva temporada, si no se sabe quién es el presidente de la AFA por disputas internas y la FIFA deberá tomar parte en la semana próxima, entonces debe plantearse seriamente en cuánto ayuda a que se consigan títulos.

El problema no parece ser de Messi, Agüero o Higuaín. Todos ellos, y el resto de los jugadores albicelestes, son estrellas en sus equipos.

Entonces, es el momento de tratar de ser introspectivos, pensar, parar la pelota y cambiar una filosofía negativa que comenzó hace muchos años.


Para Chile, es el momento de la mayor felicidad futbolística de su historia.

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