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martes, 28 de junio de 2016

Mis recuerdos del Mundial 1986 VIII: Luis Blanco




Con el paso del tiempo, no coincidimos en el momento exacto en el que nos conocimos. Lo cierto es que el azar, tan caprichoso, determinó que un día, antes de que comenzara a jugarse el Mundial 1986, conociera a Luis Blanco. Fue, creo yo, en el Centro de Prensa del Hotel Presidente Chapultepec y a metros de nosotros, César Luis Menotti daba a conocer sus candidatos a ganar la Copa y Argentina no estaba entre ellos.

Con Luis compartimos momentos que uno atesorará mientras viva, por todo lo que significó que para ambos, ese haya sido el primer Mundial, que la selección argentina lo acabara ganando y con un Maradona imperial, y porque quien esto escribe era un muchacho muy joven, con las típicas veleidades de la clase media porteña, con la falta de paciencia, rozando la intolerancia.

Luis, unos años mayor aunque muy joven también, ya era padre de familia y a quien uno vio sufrir en el Día del Padre por estar lejos de los suyos, al punto de plantearse seriamente regresar a Las Parejas, su ciudad.

Silenciosamente, con el ejemplo diario, con sus opiniones abiertas, con su don de gentes, con esa cultura no declamada sino adquirida con el interés, la curiosidad, la duda y el permanente intercambio con la realidad, fuimos aprendiendo cosas y especialmente, fuimos queriendo cada vez más al amigo hasta convertirse en un hermano de la vida.

Con Luis aprendimos del cancionero latinoamericano, pero especialmente, y nos quedó para siempre, que los pueblos tienen características, no virtudes o defectos. Y que el camino por la rectitud es posible, aún en una ciudad chica, y con los dirigentes demasiado cerca.

Compartimos alegrías, enojos, discusiones fuertes, desayunos en Guadalajara con el maestro Joao Saldanha, diálogos increíbles con Diego Lucero, Juan de Biase y tantos periodistas de primer nivel, cantamos y viajamos juntos, nos sentamos en la mesa de Lineker y Butcher, gracias a un enigmático colega israelí.

Y también nos emocionamos hasta las lágrimas cuando el árbitro dio por terminada la final ante Alemania en el Azteca y este jovencito, con barba incipiente, se quebró  por fin, para retomar la calma y seguir con su trabajo.


Ya luego llegaron otras vivencias, Juegos Olímpicos –como cuando en Seúl bajamos tras los 100 metros llanos, porque sospechábamos que algo había sucedido tras el triufo de Ben Johnson-, otros Mundiales, muchas visitas a Las Parejas, y una amistad que continúa y que me genere este agradecimiento a la vida por haber tenido tanta fortuna por haber conocido a una persona con los valores de Luis.

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