Páginas vistas en total

Google+ Followers

domingo, 5 de junio de 2016

Recuerdos de México 86 III: Las Aguilas del America




En el primer Mundial de este cronista, siendo muy joven, se planteó el primer problema a la llegada a México DF: Cómo llegar a la concentración de Las Aguilas del América, donde estaría emplazada la concentración argentina.

La selección albiceleste era la que primero había llegado al Mundial y lo que se dijo desde ese momento es que como era la primera en llegar, sería la última en irse. Ese lema prendería a todos los jugadores como un reaseguro, después de haberse ido desde el aeropuerto de Ezeiza con la despedida de unos pocos familiares.

Carlos Bilardo, con viveza aunque sin un criterio futbolístico definido, había apostado por el ex arquero de Rosario Central, Héctor Miguel Zelada, como tercero en la posición detrás de Nery Pumpido y Luis islas, mucho más por ser el guardameta del América que por sus dotes técnicas. Era una manera de no tener en contra al público y acaso conseguir cierto mínimo aliento, teniendo en cuenta que nunca una selección argentina generó simpatías en México.

Así fue. Bilardo había conseguido esta concentración ayudado por el “Zurdo” Miguel Angel López, un ex defensor de River y del Independiente copero de los setenta, y ni bien supo los derroteros decididos desde el sorteo de diciembre de 1985, se decidió por este cómodo pero sencillo lugar.

A la concentración del América aprendimos a llegar desde una primera ayuda de un primo, que azarosamente vivía en esta ciudad, y luego, ya con “Don Alejo” y su taxi, junto a Blanco, Pedula y Scursoni, se convirtió en rutina.

En comparación a los lujos de este tiempo, la concentración del América era simple, con las mínimas comodidades. Canchas para entrenamiento, habitaciones sin grandes detalles y control en la puerta de acceso, pero sin demasiada rigurosidad.

Nos apostábamos todos en la entrada, al aire libre, luego de llegar por una avenida y doblar a la derecha hacia una callecita angosta, ya dentro de una enorme zona parquizada. Y allí esperábamos hasta que se nos diera la orden de entrar. El jefe de Prensa era el veterano Washington Rivera, aquel de la Cabalgata Deportiva Gilette.
Alguna vez, mientras esperábamos para entrar, alguno intentó jugar algún picadito, hasta que nos dimos cuenta que nuestra agitación era producto de la altura, y todo quedó en buenas intenciones.

Eran otros tiempos y una vez que nos dejaban pasar al predio, era posible hablar mano a mano con los jugadores, Maradona incluído, aunque el “diez” fue accesible hasta que sus actuaciones lo convirtieron en estrella y se hizo casi inabordable hasta para los que lo tratábamos desde antes.

Juan Presta, el colega y amigo, estaba encargado por el diario “Tiempo Argentino”, el correspondiente a aquella etapa, de escribir una columna con la anuencia de Diego, y más de una vez solíamos preguntarle alguna novedad a él mismo.

Una anécdota que pintaba de cuerpo entero lo que pasaba con algunos jugadores de la selección argentina ocurrió ya antes de la semifinal. Observábamos desde el alambrado un partidito entre titulares y suplentes. De nuestro lado, atacaban los suplentes. En un momento, pase de Bochini a Almirón justo a donde nos encontrábamos, pero el wing de Newell’s no llegó y la pelota se fue al lateral para los titulares.

Mientras los suplentes se retrasaban en la cancha, un Bochini que ya dialogaba con nosotros en Buenos Aires, mira para nuestro lado y se queja: “¡Con estos troncos no se puede jugar, viejo!”

También en esa concentración vimos de cerca cómo Maradona se pasó al otro lado de la valla que separaba la cancha del entrenamiento. Todos quisimos seguirlo cuando nos dimos cuenta de que nadie podía seguir sus pasos. Tal vez fue el momento clave para darnos cuenta de su tremendo estado físico.


Nos tocó, en una oportunidad, pedirle permiso a Rivera para acercarnos a la mitad de la cancha al final de un entrenamiento para pedirle algún consejo al doctor Raúl Madero (un caballero, que hablaba varios idiomas y tocaba muy bien el piano), cuando nos quedamos afónicos.  Nos salvó de un buen obstáculo, máxime en nuestro caso, que teníamos que salir al aire en una radio.

1 comentario:

Vlad dijo...

Qué falta de respeto a H.Zelada ,"...más por pertenecer al América que por sus dotes técnicas..." No tenía nada qué envidiarle a Islas (con Pumpido no me meto). Tema aparte que no hayas conocido su trayectoria de Zelada en México, pero Bilardo no le hizo ningún favor amigo.