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jueves, 6 de abril de 2017

Míralo (Un cuento de Marcelo Wio)




Míralo, al inmarcesible gilipollas. Pura pose. Como si se hubiese quedado pegado al molde con el que lo hicieron. Como esos soldaditos de plástico, con esa base tosca, incómoda, menoscabadora del juego. Para un aviso publicitario, ideal. Para un póster. Para un cromo. Pero para nada más. No para abrir la boca. Y mucho menos, para jugar al fútbol. Incapacitado. Como si tuviera el plástico ese impidiéndole las piernas. Inútil de una inutilidad tan absoluta, que la trasciende. Impedido. Figurita, apenas. De las que las fábricas de juguetes descartan por un defecto de esos que no se le escapan ni a uno en su primer día de trabajo. Esos muñequitos truncados que uno se pregunta dónde corno van a parar. Pues ya se ve: a veces, caen en algún equipo de fútbol, por vaya a saber qué reordenamientos de la entropía universal. Y no en cualquier equipo. No señor. Estos artilugios caen en clubes de primera; como si los hados pretendieran indemnizar la pifia en la manufactura: equilibrios cósmicos, karmas de esos, o alguno de esos mejunjes que mantienen prudentemente torcido el eje de la Tierra. Como sea, esos seres, como esos muñecos infantiles, ya sabes cuáles, siempre caen de pie. Ahí los tienes, con esa cara de nada, inmutables, firmes, perennes, inmunes a las circunstancias: donde a cualquier otro futbolista lo abuchean, a estos los aplauden - por su entrega, o lo que sea. Tiene que ser el resultado de alguna ecuación de equilibrio energético o compensador o algo por el estilo. Sino, no se explica. Suerte, fortuna, fruto del albur, no es. La cantidad de casos te revienta una estadística de esas esmeradamente distribuidas. Nada de eso. Míralo. Tú míralo. Ya sé que lo miras. Pero míralo bien. ¿Te parece que sólo la confabulación de la ventura, negligencias ajenas, estupideces varias, Saturno con los anillos atravesados, pueden instaurar tal persistencia incontestable? No. Imposible. Míralo. Tú míralo. Pero si es que los gilipollas somos nosotros, que seguimos pagando la entrada. Y no lo podemos evitar. Fuerzas supra telúricas. Pura balanza universal. No hay otra explicación. No puede haberla. No puede existir una cadena causal que explique su presencia en esta coyuntura. Simplemente es inviable. No hay sistema lógico que pueda contenerlo como elemento central de un axioma (x es jugador de fútbol de primera división en la Liga española), aunque éste sea, paradójicamente, demostrable. Míralo, madre mía, pero es que ni un pase bien dado. Nada. Es la negación de sí mismo. Pero en tal trance, estorba al equipo... Míralo, no sabe ni dónde está el balón. Es más, en este momento, estoy convencido de que no sabe dónde está. Míralo. Su expresión. Como de recién llegado al mundo. La de fuerzas electromagnéticas que deben entrar en pugna para dar como resultado este tipo de cosas. Míralo. Pero si es que le rebota la pelota y es gol. La gravitación y las supercuerdas, todas a una, subvencionándolo; resguardando la urdimbre, el balance, el proyecto astral o místico o puñetero. Míralo. Lo festeja como si lo hubiera gestionado voluntariamente. Míralo, pura pose – y qué estampa, el cabrón; que eso no se le puede negar. Ahí tienes la instantánea para el próximo cromo. Míralo.

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