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lunes, 27 de junio de 2016

Anatomía de una (nueva) derrota




El título no es casual. Está escrito tras algunas horas de sueño complicado. De vueltas y vueltas entre sábanas y frazadas tratando de analizar lo ocurrido anoche en el estadio Met Life de Nueva Jersey y, por lo tanto, con cierta distancia, escasa aún, con los hechos.

La selección argentina volvió a perder una final, otra vez por penales, otra vez sin marcar un gol en el partido decisivo y van tres consecutivas, dos seguidas contra Chile, y sin haber sido inferior al rival. Lionel Messi lleva cuatro finales perdidas con la camiseta argentina. Javier Mascherano lleva seis. En ambos casos, jugadores que son absolutamente considerados como estrellas mundiales y con infinidad de títulos conseguidos con el Barcelona. ¿Se trata de una casualidad, de una maldición?

Suena demasiado pobre como explicación. Rápidamente hay que decir que no se trata de un problema técnico. Los jugadores argentinos, uno por uno, posición por posición, son de los mejores del mundo. Algunos, directamente los mejores en su puesto. En otros casos, estarán superados por dos o tres pero siempre están dentro de la élite. ¿Y entonces?

Entonces sucede que el fútbol es un deporte colectivo, de equipo. Y que los equipos, a su vez, están dirigidos por un técnico. Y todo el plantel está inmerso en una estructura dependiente de una federación, en este caso, la AFA.

Les propongo entonces un poco de paciencia para este análisis, que tratará de no extenderse demasiado.

Esta selección argentina de la Copa América Extra de los Estados Unidos participó de un “dejà vu” porque las situaciones se repiten como martillazos. Incluso, en muchos casos, se ven venir. Otra vez Gonzalo Higuaín perdiendo un gol imposible, por tercera vez consecutiva. Otra vez las lesiones que impiden que varios de los jugadores importantes, se limiten o directamente se ausenten. Otra vez los penales sin fortaleza anímica.

Pero repetimos: no es un problema técnico. Sostuvimos en este blog que el trayecto de la selección argentina no daba garantías, que había que verla ante rivales de más peso, como podía ser Chile pero también México (antes del mismo Chile) o Colombia. Y pasó lo que podía pasar.

Creemos que esta selección argentina está inmersa en problemas serios provenientes de varias causas, pero nos centraremos en tres, las estructurales, las psicológicas y las del entrenador.

Las psicológicas están relacionadas con el entrenador, Gerardo Martino, perdedor de casi todas las finales que disputó siendo jugador (salvo cuando acudió como refuerzo en 1991 para Newell’s contra Boca) y perdió tres finales de Copa América consecutivas y también chocó nada menos que la Ferrari del Barcelona, cierto es que en este caso con la atenuante de que no le ficharon jugadores y lo trajeron para que pusiera la cara para que no lo hiciera uno de los conocidos blaugranas-.

Martino, en el antimanual de la psicología, habló en la previa tanto de “perder” como de “ganar”, y fue siempre un director técnico demasiado permeable al corporativismo de los jugadores, que terminó desgastando el sistema que él creía que debía utilizarse, el clásico 4-3-3 con posesión de pelota, que era un avance de los tiempos anteriores de Aejandro Sabella de jugar al error del adversario.

Desde que se hizo cargo de la selección argentina hace poco menos de dos años, el equipo se fue desdibujando, porque Martino tiene mejores convicciones que ideas, y no pudo plasmarlas salvo ante rivales menores o en partidos ocasionales.

Y en buena parte de las causas de no poder aplicar estas ideas aparece la relación con el corporativismo al que desde hace muchos años, y con la complacencia de buena parte del periodismo vernáculo, nos vienen acostumbrando los jugadores, desde cuando en 2006 la generación anterior no le dejaba lugar a la actual, y la actual responde ahora con la vendetta de no dejar a la que sigue, con el viejo concepto argentino de las pequeñas mafias en todos los órdenes de la vida. A muchos les ha pasado en oficinas, grupos de cualquier tipo. Y los jugadores, como nosotros, son argentinos y repiten en el microsistema lo que siempre vieron en el macro.

Entonces, Carlos Tévez no estuvo para el Mundial de Brasil y no iba a estar siquiera en la Copa América 2011 (pero en ese momento aparecieron los sponsors que lo exigieron y hubo que ceder), a Guido Pizarro se le dice que no venga, con todo el trámite ya hecho, porque al final Lucas Biglia pidió seguir en la Copa aunque sólo pudiera regresar en el final, y maltrecho. Y Mauro Icardi no es convocado por esos “códigos del fútbol”, aunque la rompa en el Inter y sea joven y entonces para los Juegos Olímpicos se lo pone debajo de la lista y sale todo tan mal que aún así queda primero por fallas del sistema.

Y tampoco se tiene del todo en cuenta a Paulo Dybala, porque están “los de siempre” aunque siempre, siempre, en las finales hagan lo mismo.

Martino cedió a todo esto. Cedió al corporativismo de los señores de las cuentas de cientos de millones de euros que mandan y determinan qué se hace en cada momento, si se habla o no se habla con la prensa, y con cuáles de los periodistas, los que se quejan de que las habitaciones de los hoteles siete estrellas aún no están hechas y tienen que esperar en el lobby cinco minutos. No vaya a ser que venga un hincha argentino a molestar con un pedido de autógrafo. Eso, a los señores no les gusta.

Entonces, la selección argentina Salió a jugar la tercera final consecutiva en tres años sin Javier Pastore, que no estaba en condiciones de venir por lesión pero es “gomía”, con Biglia lesionado, y que llegó hasta los penales, con Ever Banega con una sobrecarga, con Angel Di María (otra vez) lesionado, con Ezequiel Lavezzi lesionado, y todo seo lo fue limitando, hasta cambiar el sistema táctico y renunciar a sus propias convicciones en pos de hacerle caso al corporativismo de los jugadores.

Pero no es todo. Martino también le hizo caso al otro corporativismo, al del periodismo deportivo nacional, el que en buena parte, desde medios poderosos, le vino con el mismo tachín tachín de siempre de que “hay que adaptarse”, “modernizarse” y esperar al rival para contragolpear, en vez de tener la pelota, como es lo que el director técnico cree.

Martino sabe bien que la selección argentina no había merecido ganar la final porque en todo caso, el partido fue parejo, pero lo afirma en la conferencia de prensa sin más, sin base, sin argumentos. Lo afirma y punto, porque es lo que debe decirse, lo que “il faut”. Declaraciones vacías, de ocasión. Nada más que eso. Muy pobre para un director técnico de una selección argentina con semejantes jugadores y semejante expectativa.

Pero Martino, y así entramos en las últimas causas, las estructurales, no tendría siquiera ante quien presentar una renuncia, que creemos que debe hacerlo. Que se entienda bien: no es el único responsable, pero sí es más responsable que los jugadores porque no supo o no pudo imponer sus ideas y cedió ante los corporativismos. Y debe ofrecer, al menos, su renuncia para ser o no ratificado por la AFA. Y no hay a quién ofrecérselas porque hoy, en la AFA, no sólo no se sabe quién es el presidente sino que ni siquiera se sabe si mañana no estará ya desafiliada de la FIFA.

Esta selección argentina tiene desde hace años metido el corporativismo, por el cual hay jugadores que son dueños del equipo, porque nunca hubo una dirigencia a la altura.

La dirigencia del fútbol argentino es paupérrima de nivel, mediocre, lamentable, incapaz de resolver nada importante, al punto de generar el hartazgo de Lionel Messi, un crack como difícilmente el fútbol argentino vuelva a tener por muchos años y acaso, nunca.

Es más, varios jugadores habían prometido que hablarían tras la final sobre todo lo que vieron y padecieron no sólo en la Copa sino desde hace años, como aquella durísima discusión de Javier Mascherano con los dirigentes en el césped durante el último entrenamiento antes de la final del Mundial.

Esta dirigencia se deglutió los tiempos de Diego Maradona con un solo título y ahora se está devorando los de Lionel Messi, sencillamente porque no puede seguir allí. Peor hoy que antes, en los tiempos post´-grondonistas, es una vergüenza que sea la FIFA la que le tenga que decir a la AFA que sus estatutos son vetustos y antidemocráticos. Es lo que hay.

Esta dirigencia eligió a Martino por ser el único de la fila, el más permeable. Porque no hay proyecto, sólo corporativismo. Jamás se planteó en serio el aspecto psicológico, el pensar por qué esta generación, y la anterior, siempre pierden en las finales. No. La psicología parece tabú. Se trabaja con coachs o semejantes, la ciencia no tiene interés. No la tuvo tampoco para acudir a los sociólogos para ver si se solucionaba por fin el tema de la violencia del fútbol. Nada de nada. Sólo importa hacer caja. Y la consecuencia, es la que vemos.

Lograron que Messi se hartara, que Mascherano se hartara, que cracks de los mejores equipos europeos no rindieran. Nunca pensaron la selección como un equipo en serio, de profesionales de élite, pero que deben ser entonces conducidos por dirigentes y entrenadores y científicos de élite y con una disciplina normal y de trato igualitario para un conjunto de esta naturaleza.

Párrafo final para Messi: no es cuestión de que se vaya o se quede. Es cuestión de que se lo rodee de gente que valga la pena, de jugadores que elija el director técnico y no el corporativismo ni los intereses, que integre un plantel en el que haya dirigentes para solucionar problemas y proyectar el futuro. Si no, seguirá todo como siempre.

Messi no es uno en la selección y otro tipo en el Barcelona. Simplemente, en el club catalán está rodeado de una estructura en serio, y se trata de sacarle el mejor rédito y ese rédito pasa por hacerlo correr muchos menos metros, aprovechando lo que es, un formidable finalizador de jugadas y no un armador, que para eso tienen a Andrés Iniesta.

En Argentina, Messi juega casi solo. Triple cinco, por el eterno pánico a perder que desde hace 60 años tenemos por haberlo importado del Mundial de Suecia, cuando el fútbol argentino comenzó a copiar a los europeos lo físico y lo táctico y se olvidó de jugar.

Y entre los “gomías” lesionados que no debieron estar, y el miedo a perder, Messi acaba rodeado de rivales, y hace falta que eluda a siete para llegar mano a mano con el arquero.

Esta selección argentina ya dio lo que podía dar. Suena difícil que quienes perdieron tantas finales, puedan revertir la situación. Es otra generación perdedora y no porque no haya con qué ganar, pero fue superada por las causas que enumeramos.

Pero los dirigentes, esos que van invictos porque nunca juegan, también cumplieron un ciclo. Días pasados sostuvimos que el fútbol argentino estaba atravesando su propio 30/12/2001. Ayer en Nueva Jersey, terminó el día y estamos hoy en el “Día Después”.

Que se vayan casi todos. El fútbol argentino necesita refundarse.


2 comentarios:

Gustaw dijo...

El amigui-corporativismo nos hizo llevar al Mundial de 1990 a Dezotti y Balbo y dejar afuera a Ramón Díaz. Una dupla de ataque con la velocidad y manejo de pelota de Ramón y Caniggia con Diego atrás de ellos jugando al fútbol hubiera hecho un desastre.

Unknown dijo...

Muy buena nota Sergio.
Coincido un 100%
Por buenos modales te privaste de decir que Martino es cagón.
No hace falta, lo digo yo, y además (para mi) es la conclusión ineludible de tu concepto sobre el DT.