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viernes, 10 de julio de 2015

El desgaste de Messi (Jornada)



De a poco, Lionel Messi se va dando cuenta de que por más que desde los trece años vive en Barcelona y juega en un equipo que es casi un oasis en el planeta fútbol, jugar por la selección argentina, y hacerlo por tantos años, implica someterse a un mayúsculo debate y a una presión imposible para una sociedad que sublima con la pelota una enorme cantidad de carencias, y acostumbrada a llevar todo a los extremos.

Ni siquiera tener cuatro Balones de Oro e ir camino inexorable al quinto (nadie salvo él, en toda la historia, ganó más de tres), o haber ganado cuatro Champions Leagues o haber batido casi todos los récords individuales y colectivos con el Barcelona alcanzan para salvarse de una crítica feroz o de quedar preso de sistemas conservadores que atentan contra su propio juego.

Pero Messi agacha la cabeza y hace lo que humanamente puede desde lo deportivo y no pregunta cómo es que pese a no haber ganado títulos en los últimos años, con su generación, la selección argentina haya alcanzado precisamente ayer el primer lugar en el ranking mundial de la FIFA, por encima incluso de Alemania, la campeona en Brasil 2014.

¿Cómo habrá ocurrido ese milagro? ¿Qué jugador habrá sido el más influyente para ese logro? ¿Cómo es que Messi se encuentra segundo en la tabla histórica de goleadores de la selección argentina sólo por detrás de Gabriel Batistuta si supuestamente no siente los colores celeste y blanco?

Cristina Cubero, la periodista del diario “Mundo Deportivo” de Barcelona, nos comentaba hace un tiempo que en más de treinta años de profesión, cubriendo al Barcelona y al Espanyol, “nunca me tocó conocer a un jugador más argentino que Leo, que come argentino, habla con acento argentino, mira por internet la TV argentina y parece como si viviera en Rosario, aún estando en Cataluña”.

Pero nada vale. Todo se centra en lo que Messi haga o deje de hacer porque a su vez la esperanza está en Messi, y por eso un director técnico como César Luis Menotti ya haya alertado con que la selección argentina “hasta se puede quedar afuera del próximo Mundial si Messi decide no seguir”.

Pero la sociedad argentina es extremista y Messi debe ganar todo y le pondrán como ejemplo a Diego Maradona sin recordar, claro, con esa frágil memoria que caracteriza a la sociedad futbolera, que hasta el diez campeón mundial en México 1986 tuvo sus vaivenes y que más de una vez no quiso formar parte del equipo nacional.

Messi no tiene la culpa de que desde los octavos de final del pasado Mundial se haya decidido jugar con un planteo defensivo y con escasa ayuda hacia él desde la creación o el ataque, o que ahora el entrenador Gerardo Martino haya dicho que “se logró bloquear a Chile” como si eso fuera un mérito con los jugadores con los que contaba.

Messi no puede hacerse cargo de eso, como tampoco puede ser que nadie lo pueda criticar, que es el otro extremo que también juega en la sociedad argentina. Un poco de rebelión ante una situación negativa, el no bajar los brazos cuando pierde la pelota, tampoco vendrían mal en un deporte que es colectivo, que no es individual, por más genio que sea.

En ese tironeo de los dos extremos, se encuentra desde hace ya años un Messi que se va desgastando de tanta “argentinidad al palo”, hasta que un día, harto ya de estar harto, nos diga “adiós”.


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