martes, 20 de noviembre de 2018

La selección española y otra desilusión por falta de claridad en el camino (Yahoo)





Apenas un año y medio atrás, la selección española era una firme candidata a ganar su segundo Mundial. En muchas encuestas, aparecía en el vértice de la pirámide entre los treintidós participantes en Rusia 2018 debido a su excelente andar durante todo el ciclo, especialmente desde que finalizó la Eurocopa de Francia en 2016.

Sin embargo, bastó una inoportuna decisión del presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, no por contratar a Julen Lopetegui, que estaba en su derecho para cuando finalizara el Mundial, sino por el hecho de anunciarlo en el peor momento posible, a dos días del debut de “La Roja” en Rusia. El entrenador y ex portero no tiene tanta relación con lo segundo como sí, complicidad en lo primero que dio origen a lo segundo, porque ni siquiera debió sentarse a conversar sobre su futuro a tan poco de una cita tan importante para él como para el fútbol español.

Lo cierto es que un año y medio más tarde, ni el Real Madrid, ni la selección española, han podido recuperarse de ese cimbronazo que fue el anuncio (sin ningún interés por lo que le rodeaba) de Pérez de la contratación de Lopetegui, que determinó su inminente despido y reemplazo por Fernando Hierro, el desequilibrio de un equipo que se encontró con otro rostro y otras formas en el momento menos pensado, y tras un mediocre certamen en Rusia, la llegada de Luis Enrique, con sus ideas y mucho, aún, por demostrar.

Pese a todo lo conseguido en sus tiempos cercanos con el Fútbol Club Barcelona, siempre hemos insistido desde esta columna que a Luis Enrique Martínez le queda mucho por demostrar como entrenador que pretende dirigir equipos al más alto nivel.

Si bien ha tenido un gran comienzo con “La Roja”, con muy buenos rendimientos y especialmente, resultados más que favorables en la Copa de las Naciones, los resultados todavía no se ven (algo lógico) pero menos aún, una idea de funcionamiento colectivo, algo muy parecido a lo que ocurría en los tiempos azulgranas, cuando tremendos jugadores como Lionel Messi, Gerard Piqué, Jordi Alba, Marc Ter Stegen, Iván Rakitic, Luis Suárez, un Xavi Hernández en su última temporada, y muchas veces un ya en baja Andrés Iniesta, le acabaron salvando partidos que en otros casos, sus equipos habrían perdido o empatado.

Escrito de otra manera, Luis Enrique ganó mucho más por aceptar cierto funcionamiento sugerido por su plantilla tras aquella dura caída en Anoeta ante la Real Sociedad en la primera temporada, y por acompañar, sin demasiada polémica, aquel camino emprendido cuando aprobó rectificar un camino que aparecía como conflictivo dentro y fuera del campo.

Tras el Mundial de Rusia, el nuevo entrenador de la selección española se encontró con un nuevo inconveniente a subsanar: que aquella generación dorada que ganara consecutivamente dos Eurocopas y un Mundial entre 2008 y 2012 ya empieza a despedirse del más alto nivel.

Con los anunciados retiros de “La Roja” de Iniesta, Piqué y David Silva, y sin ser convocado Iker Casillas (al que algunos nostálgicos reclaman a partir de sus siempre buenas intervenciones en el Porto), son escasos los remanentes de aquel tiempo que se empieza a esfumar para la llegada de otro, distinto, y que requiere de otro esquema, adaptable a los jugadores del presente.

Si aquella selección española se caracterizaba por la horizontalidad para crear y “llegar más que estar” hacia la portería contraria (a nuestro gusto, con un exceso de carencia de gol en proporción al dominio ejercido ante la gran mayoría de los adversarios), ésta de Luis Enrique debió penar en más de una oportunidad para que el entrenador entendiera que lo que ocurrió entre 2008 y 2012 fue una excepción basada en una generación distinta que se apoyó en un equipo irrepetible, único, y que quedará como uno de los mejores de la historia, el Barcelona de Josep Guardiola.

Pero pasado ese tiempo, hoy el propio Barcelona no tiene ese brillo, lo cual no significa que juegue mal, porque está muy lejos de aquello, pero sí va intentando, en lo posible, otra verticalidad, y en los últimos años ganaron terreno los dos equipos de Madrid, especialmente el Real, y ya la base de la selección española la componen muchos jugadores de los clubes de la capital o que forman parte de equipos de la Premier League inglesa.

Si bien el equipo español pudo haberse clasificado tranquilamente para la Final Four de la Copa de las Naciones y en el final del grupo no lo pudo conseguir, en muy buena parte por la derrota in extremis en Zagreb ante Croacia (al que había goleado 6-0 en la ida), el problema no pasa en este tiempo de inicios de un trabajo, como el de Luis Enrique, por el éxito o fracaso en los puntos obtenidos.

El gran problema de la selección española es la falta de una idea madre, de no saber muy bien qué se pretende, si mantener un juego de posesión para regresar a los tiempos guardiolianos y de Luis Aragonés-Vicente Del Bosque, o un juego más práctico y certero, y con qué tipo de jugadores se encarará este ciclo.

La sensación que transmite Luis Enrique es que valen muy poco los equipos que no están en la élite, como los tres más grandes de Barcelona, los de la Premier League y acaso alguno de la Bundesliga, cuando hay algunos casos de estrellas que no se encuentran en el nivel del pasado, caso Sergio Ramos en la marca, disimulado por sus cuatro goles consecutivos con “La Roja”.

El momento de experimentación es ahora. Luego, ya vendrá la clasificación para la Eurocopa 2020 y la competencia europea y será cuando haya que buscar respuestas más rápidas.

Por eso, con o sin pase a la Final Four, es que Luis Enrique empieza a remitir a las mismas dudas que en sus inicios en el Barcelona, y la confirmación de que le espera un largo y sinuoso camino con la selección española.



No hay comentarios: