jueves, 17 de mayo de 2018

“Cholo” Simeone: símbolo del Atlético y de la Selección que sólo concibe ganar y que cree que hay que jugar “con el cuchillo entre los dientes” (Infobae)




“Se murió, Argentina, se murió”, gritaban a ambos costados de la fila india que llegaba para realizar los trámites en el aeropuerto Ernesto Cortissoz de Barranquilla. La delegación de la selección argentina y algunos periodistas enviados especiales regresaban tras la primera caída del equipo nacional que dirigía Alfio Basile, ante Colombia, luego de 33 partidos invicto, por la clasificación para el Mundial 1994, y los ánimos estaban caldeados.

En la escala de Bogotá, alguien volvió a burlarse de la selección argentina y Diego Pablo Simeone, en aquel momento con 23 años, y temperamental como siempre fue, no pudo aguantar y quiso irse a las manos. Este cronista y Leo Rodríguez intercedieron y lo fueron calmando en el vuelo a Buenos Aires.

Simeone (28-4-1970) siempre fue así, un cabeza dura, como él mismo se suele autodefinir, y cree que se debe a la crianza de sus primeros doce años de vida –hasta que su madre dejó de trabajar- con su abuela de origen italiano, nacida en un pueblito cercano a Nápoles llamado Garófali, y que solía repetir términos como “Mamma mía” o “Mannaggia”, que fue la que le transmitió un orden y un carácter fuerte.

Simeone caracteriza a sus familiares como “contestatarios, rebeldes e inquietos, siempre tratando de resolver situaciones, y en movimiento, de personalidad fuerte”. “Había que poner la mesa y ordenar los juguetes luego de jugar en el único lugar permitido, el piso, pero esas situaciones menores van construyendo la personalidad”.
No recuerda nada sin una pelota, al punto de que cuando le regalaron un fuerte con indios y soldados, los dividió en dos equipos de once jugadores.

Además de jugar en el colegio, lo hizo en el club Villa Malcolm, en la avenida Córdoba, de Buenos Aires. “Entre mis 8 y mis 9 años elegí la posición neurálgica de 5, y eso me dio la posibilidad de intuir que se trataba de un deporte de ataque y de defensa”, recuerda.

Jugaba al Baby fútbol en el Estrella de Oro, con 9 años, y ensayaban jugadas de estrategia. “Desde muy chico intuí que jugar al fútbol consistía en que en esos minutos que se juega sin pelota, hay que ocupar bien los espacios, entonces, el juego del que todos nos enamoramos por la pelota, es sin la pelota”, aunque su ídolo de chico era Paulo Roberto Falcao, de la Roma, “un tipo elegante y con mucho juego” o José Berta, pero más que nada porque jugaba de 5 en Racing, club del que siempre fue hincha.

Todo fue muy vertiginoso en su vida. A los 17 años ya había debutado en Primera, y a los 18, en la selección nacional. Tanto es así que con 14 años estaba en la Octava de Vélez Sársfield, en un entrenamiento contra una categoría mayor, y Victorio Spinetto, que tenía 70 años y el mismo que lo bautizó como “Cholo” porque también había tenido al marcador de punta Carmelo en los años sesenta, al que apodaban así, lo llamó un día, le preguntó la edad, y le dijo: “en dos años, usted está jugando en Primera”, y acertó.

Simeone siempre se consideró “un volante de llegada, no defensivo” y que siempre fue “tremendamente competitivo”  al punto de no hablarle al compañero que venía a competir por el mismo puesto, y se enojaba con sus amigos si le dirigían la palabra.

“En la competencia, hay que ser más fuerte que el otro. En Primera, la línea entre titulares y suplentes no es tan grande. Gana el que es más fuerte mentalmente, el que tiene más personalidad, aunque sea algo menos técnicamente. La primera materia de un futbolista es la personalidad, porque talento tienen todos. No todo es jugar bien. Si no, muchos de los que juegan en las plazas o los barrios llegarían a Primera. La diferencia con el futbolista profesional es que éste logra sostener los diferentes momentos críticos que tiene el fútbol”, sostiene Simeone, quien utiliza mucho en sus discursos la palabra “supervivencia”.

A los 12 años era alcanza pelotas en Vélez y el árbitro lo expulsó en un partido de Primera contra Boca. Gatti cortó un avance como marcador central, quedó lejos de su arco, tiró la pelota lejos, al lateral, y él se la pasó rápido a Mario Vanemerak para que sacara partido de la situación. El árbitro paró la jugada y lo echó. “A los 12 años yo ya no estaba alcanzando pelotas sino jugando al fútbol. El partido estaba 1-1 y tal vez Vanemerak pudo haberlo definido con mi “jugada”, rememora.

Esos genes parecían venir desde muy temprana edad: “Cuando jugábamos con mi hermana Natalia a Titanes en el Ring, yo quería ser Martín Karadagián, el campeón del mundo, el dueño del circo, cuando todos los chicos querían ser La Momia o Caballero Rojo”.

Aquellos preceptos de “jugar al espacio”, ganar y tener temperamento, serían vitales en su carrera. El primero de ellos aparecería en su primer gol profesional ante Deportivo Español: “El Turco García vino gambeteando desde la derecha hacia el medio y el equipo salió. Yo rompí el offside y pasé de 5 a 9, él metió la pelota en el espacio y cuando salió Catalano lo gambeteé para afuera y le pegué de zurda”.

Los asuntos relacionados con el carácter, siempre fueron claros para él, al punto de que en su debut ante Gimnasia, en la Plata (13-9-87), cuando Vélez perdió 2-1,  cuando tuvo que reemplazar a Claudio Cabrera y marcar a Charly Carrió, “no sentí nada. Para mí, no había nadie en las tribunas. Lo único que quería era anular al tipo y demostrar que estaba para jugar en Primera”.

En uno de sus primeros partidos con Vélez lo echaron ante Newell’s Old Boys en Rosario cuando quiso hacerlo entrar a Gerardo Martino en un choque, y reaccionó, Ricardo Calabria echó al Tata y a él lo amonestó pero en la jugada siguiente se tiró a los pies de un rival y Calabria le sacó la tarjeta roja. Le pidió que no lo expulsara porque iba a perder el puesto, pero el árbitro no le hizo caso. Lo echaron ocho veces en toda su carrera, pero nunca en los últimos 9 años de futbolista. Y como DT sostiene que “siempre invito a mis jugadores a tratar de jugar sin amarillas”, y en los primeros 4 años en el Atlético Madrid no llegó a los 10 expulsados.

Sin embargo. Simeone estuvo siempre rodeado de cuestiones relacionadas con meter fuerte, como aquellos tapones contra la pierna sangrante de Julen Guerrero del Athletic de Bilbao, o cuando hizo reaccionar a Romario, que fue expulsado por darle un puñetazo en un Sevilla-Barcelona, o, la de mayor repercusión, cuando exageró una caída en un roce ante David Beckham en el Argentina-Inglaterra del Mundial de Francia 1998.

 “Yo cometo una infracción normal, sin violencia, y entonces intuyo algo, me dejo caer y me quedo un tiempo tirado. Eso es lo que provoca a él porque el contacto irrita. Evidentemente saqué partido de la situación porque estaba concentrado en un tipo de incidente que parece insignificante pero por el que se puede ganar o perder un partido. Sin embargo, en ningún momento fui deshonesto o violento”, sostuvo en su momento, con estas polémicas declaraciones, a las que sumó otra: “Yo aprendí a jugar al filo del reglamento y a leer la característica del árbitro que dirigía cada partido”.

De todos modos, Simeone se resiste a que lo llamen líder. “No hay competencia para liderar. Al líder lo eligen los que lo rodean. Hay escuelas de liderazgo y gente que lo estudia, pero si no es un liderazgo natural, se nota, y yo no le tenía miedo a nada. Para llegar a un lugar determinado en cualquier faceta de la vida, no hay que tener miedo y prepararse para lo que se planteó como objetivo y yo siempre supe lo que quería, hasta por detalles”.

Lo define con un ejemplo claro: “Entrar en el túnel que conduce a la cancha es uno de los mejores momentos del fútbol. Es como un viaje al futuro. Siempre digo que puede explotar una bomba a 100 metros que yo no la escucho. Algunos suelen hacer chistes. Yo no, estoy concentrado. Para mí, el partido era una guerra y tenía que matar al rival, ambas palabras, claro, en sentido figurado. La del futbolista no es una inteligencia clásica. No se cuenta con mucho tiempo para pensar. Yo la entiendo como una inteligencia física, biológica, de supervivencia”.

A los 20 años emigró al Pisa en tiempos de sólo tres extranjeros por equipo europeo y tras desechar al Verona antes. Estaba de pretemporada con Vélez, parando en casa de una tía, sus padres de vacaciones y le dieron una hora para pensarlo. “Estaba solo en una oficina y me dije “me voy”. Fue un martes y el domingo estaba viajando, y el lunes, entrenándome. Cuando se enteraron mis padres, se sorprendieron. Llegaba a un mundo distinto en aquellas ligas italianas de oro, y en el primer año ganó la Copa Italia y hasta enfrentó a Maradona con el Nápoli. “Me saludó antes del partido y me insultó en la cancha por una falta que le hice”.

Maradona no sólo sería compañero suyo desde 1992, cuando Carlos Bilardo, que ya lo tenía en la selección argentina desde hacía cuatro años. Lo convocó para el Sevilla, sino que ambos estarían al borde de la rescisión de contrato y del escándalo cuando se llegaron a enfrentar duramente al presidente del club, Luis Cuervas, para jugar en el equipo argentino que dirigía Alfio Basile. “En una oportunidad, jugamos contra Brasil, volvimos a España en avión, de allí nos alquilamos un coche a Logroño, donde teníamos que jugar por la Liga, dormimos cuatro horas, jugamos, y la Selección jugaba en Mar del Plata ante Dinamarca por la Copa Artemio Franchi y Maradona me dijo ‘yo voy a volver a Argentina, no sé vos’. Los dos quisimos regresar al coche pero el presidente del Sevilla nos lo había quitado, nos tomamos un taxi hasta el aeropuerto, luego un micro a Mar del Plata que se nos quedó y nos arreglamos para llegar y jugar igual”.

Para Simeone, la Selección, en la que jugó entre los 16 y los 32 años desde 1988, no fue nunca un esfuerzo, sino lo más preciado, aunque no pudo ganar la Copa del Mundo aunque sí dos Copas América: “Yo iba en el avión y pensaba que era King Kong. Nunca estaba cansado porque la motivación me alejaba del agotamiento y las dificultades. Para mí, cada convocatoria era la vida”.

A fines de 2001, jugando para Lazio ante el PSV Eindhoven, se lesionó el menisco y el ligamento cruzado y parecía que se perdía el Mundial de Japón-Corea 2002, pero llegó,  Pudo haber estado, muy joven, en Italia 1990 y de hecho formó parte de aquel equipo con los campeones del mundo de 1986, pero Bilardo lo dejó afuera sobre el final, aunque estuvo en Estados Unidos 1994 (“después del palo del doping de Maradona, jugamos un gran partido ante Rumania pero perdimos”), y en Francia 1998 (“La prensa me mató con aquello del comunicado después de las versiones de lo de Verón”).  Y en las dos Copas América ganadas con Basile tuvo enorme participación. 

En 1991, un gol suyo ante Colombia le dio el título, y en 1993, de un rápido lateral suyo llegó el gol de Gabriel Batistuta ante México. También fue medalla plateada en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, cuando tuvo sus idas y vueltas con el DT Daniel Passarella.

Tras dos años en el Sevilla, el segundo de ellos con una figura emblemática como Luis Aragonés, con quien simpatizó pronto, pasó a un Atlético Madrid que peleaba por no descender, aunque al comenzar la temporada siguiente llegaron jugadores como el arquero José Francisco Molina, el delantero búlgaro Luboslav Penev y consiguieron el Doblete (Liga y Copa del Rey), postergando al Real Madrid y al Barcelona, y es cuando se gestó la idolatría de la hinchada rojiblanca, que propiciaría dos reencuentros. En el Atlético 95-96 del Doblete. “Yo llegaba por la izquierda porque nuestro juego se desarrollaba por la derecha, y así marqué 12 goles”.

De allí al Inter, donde coincidió en dos temporadas con el brasileño Ronaldo, ganó la Copa UEFA y perdió la Liga en la última fecha tras un escándalo en el que su club se quejó por ayudas arbitrales a la Juventus. Quería quedarse en Milán pero la poderosa Lazio de la épica, que venía de perder la Liga en el final, le vendió al Inter a Christian Vieri y Simeone fue como parte de pago y se quedó cuatro años y ganó la Liga, la Supercopoa de Italia y de Europa en un equipo con muchas figuras (Nedved, Boksic, Verón, Salas, Nesta), dirigido por el sueco Sven Göran Erickson.

La segunda Liga italiana de su historia (la anterior, 26 años atrás) la ganó la Lazio con una remontada que parecía única. Llegó a la última fecha por debajo de la Juventus, que jugaba en Peruggia. Lazio acabó ganando 1-0 el primer tiempo ante Udinese y en el otro partido estaban empatando cuando una lluvia torrencial obligó a parar ese partido, mientras la Lazio ganó el suyo. Los nervios le hicieron perder a los de Turín, que perdieron 1-0. Lazio había estado seis puntos abajo pero llegó a quedar a tres cuando ganó el duelo directo gracias a un gol de Simeone.

Simeone vivió otra remontada increíble en 2006 pero ya como director técnico de Estudiantes, cuando estaba a cuatro puntos del Boca bicampeón en el Apertura 2006. “Quedaban dos fechas, Boca perdió en Córdoba, nosotros remontamos a Argentinos Juniors de 0-1 a 2-1 y en el descuento nos empató Gonzalo Choy. Nuestro vestuario estaba muerto y entonces pregunté a mis jugadores si no hubieran querido llegar a la última fecha con chances de campeonato y dije a la gente que quien no crea que vamos a salir campeones que no venga a la cancha. Se creó una energía especial, y llegamos a la final con Boca y la ganamos y desde 1967 que Estudiantes no ganaba un torneo local”.

El final de su carrera como jugador lo encontró como líbero en su reencuentro con el Atlético Madrid, para regresar a retirarse al club de sus amores, Racing, en 2005. “Cuando salí del Atlético en la segunda etapa intuí que el DT dejaba de tenerme en cuenta, pero yo me sentía bien y de hecho, jugué un año y medio más en la Argentina. Pero sospechaba que tenerme era un problema para el DT y para el equipo. Entonces, tomé la decisión de irme pensando en que quería volver al Atlético Madrid algún día. 

Y para volver al lugar que uno quiere, hay que partir de la mejor manera. Cuesta saber irse. Pero es una determinación que hay que tomar en el momento justo”.
Dice que una de las peores situaciones las vivió como DT de Racing porque un jueves era jugador y el domingo estaba dirigiendo y que al sexto partido se jugaban el descenso y los hizo concentrar en un hotel hasta que salieran de la situación “porque hay que sufrir y nadie nos va a venir a rescatar, hay que nadar”. El siente el trabajo en Racing como un fracaso, pero su hermana Natalia (su representante) le dice que debe tomarlo como un  aprendizaje. Para pasar de jugador a DT de Racing no hubo transición “como cuando pasé de Vélez al Pisa”.

Es el día de hoy que sigue considerando que en Racing “me jugué mi futuro como DT”. Empezaron perdiendo 2-0 el clásico de Avellaneda con 2 goles del Kun Agüero y perdieron 3-0 con Olimpo y 3-0 con Estudiantes “pero yo estaba convencidísimo de sacar a al equipo de esa situación”. Encima se fueron dos jugadores de peso como Rubén Capria y Claudio Úbeda, pero terminaron jugando con tres pibes, Matías Sánchez, Diego Menghi y Juan Manuel Chaco Torres, “a los que les transmitimos el sentimiento de identidad” y ganó 4 partidos seguidos y no siguió la dinámica de River o Independiente o el Atletico Madrid cuando descendieron por no poder manejar la situación de desesperación.

La vida de Simeone se parece a una remontada. Dejó Racing, desgastado, para hacerse cargo de un buen Estudiantes, en 2006, que dejaba Jorge Burruchaga con un triunfo de 1-0 ante el San Pablo por los cuartos de final de la Copa Libertadores, pero que fue eliminado por penales en la revancha en Brasil. “En el vestuario les dije a mis jugadores “¡vamos a salir campeones de Argentina!” Cuando desde 1970 que no ganaba un campeonato”. No sólo salió campeón sino que incluyo la histórica goleada de 7-0 a Gimnasia.

Se fue de Estudiantes y enseguida ingresó como DT de River en noviembre de 2007 y fue campeón de Clausura 2008 aunque se fue cuando era último en el Apertura de ese mismo año, cuando Chivas lo eliminó de la Copa Sudamericana, y aunque considera que tiene una cuenta pendiente, no se siente parte del descenso de 2011: “con nosotros, jugó 14 partidos de un campeonato sobre seis. Siempre me hago cargo de la responsabilidad pero acá, me cuesta verla”.

Tras una mediocre campaña en San Lorenzo en 2009, se tomó por fin un tiempo como para visitar entrenamientos y pudo charlar con Pep Guardiola y José Mourinho hasta que fue convocado para dirigir al Catania, al que llegó con tres puntos por encima del descenso y en el decimoquinto puesto, terminó a diez y en el decimotercer lugar, la mejor ubicación de la historia en la serie A italiana hasta entonces. Pero prefirió volver a dirigir a Racing, ya más calmo que la primera vez, y quedó subcampeón del Apertura 2011 detrás de Boca, hasta que llegó la gran oferta que estaba esperando, la del Atlético de Madrid. El 23 de diciembre estaba firmando su contrato.

El Atlético era un caos. La comisión directiva había cesado a Gregorio Manzano por los bajos resultados: estaban a 15 puntos del cuarto puesto, el último para entrar a la Champions League de la temporada siguiente, y competía sin mucho futuro en la Europa League. Le dijeron que continuaría si alcanzaba la cuarta posición, “una locura”, reconoce. Pero al “Cholo” le gusta esta clase de desafíos.

“Para ser DT del Atlético se dieron las circunstancias a mi favor: el equipo estaba en una mala situación y me fueron a buscar más por mi condición de ídolo futbolístico que por la de entrenador, y yo aproveché las circunstancias, lo que está más allá de uno”, asevera, y cuenta cómo fue trasformando la mentalidad del club:

 “Cuando llegué, empecé a hablar con los acomodadores de coches, los utileros, el que está en la puerta de servicio, porque históricamente al Atlético se le decía “´pupas” (mufa), aunque me parecía raro porque en lo personal no me había tocado, pero es una cuestión de energía., de ambiente. Fui creando un sistema. Cuando llueve y llegamos a un estadio y alguien dice que la cancha está mala, lo peleo: “¡la cancha está perfecta! No hay calor, no hay barro, no hay lluvia, porque cuando éramos chicos, ese no era un motivo para no jugar”.

Lo que fue capaz de hacer el Atlético Madrid desde 2011 está a la vista. Se coló entre los mejores equipos de Europa, estuvo dos veces a punto de ganar la Champions League ante el Real Madrid, en 2014 se lo impidió un fatídico cabezazo de Sergio Ramos en el minuto 93 cuando ganaba 1-0, y en 2016, tras el empate en los 90 y el alargue, los penales en Milán. Ganó la Europa League en 2012, la misma temporada en la que comenzó, vapuleó al Chelsea en una Supercopa de Europa 4-1 )”Ese día jugamos un partido casi perfecto, pero perfecto no porque nos metieron un gol”), le ganó la Copa del Rey al Real Madrid en el Santiago Bernabeu y la liga 2013-14 al Barcelona en el Camp Nou, cuando los azulgranas ganando eran campeones y se pusieron en ventaja y Simeone tuvo que reemplazar a Arda Turán y Diego Costa en el primer tiempo, por dos lesiones, pero aún así Diego Godín conquistó el empate preciado.

“Para obtener algo hay que estar en tensión, pero la tensión que potencia, no la que bloquea. En aquel partido contra el Barcelona en el Camp Nou que definía la Liga 2014, yo veía a mis jugadores en tensión positiva. Frente a las dificultades más grandes, aparece lo mejor del jugador con carácter. El partido siempre se resuelve emocionalmente”, sostiene.

En esta final de Europa League de Lyon ante el Olympique de Marsella, el Atlético Madrid llegó a recurrir hasta el TAS, el máximo organismo deportivo mundial para que le rebajen la suspensión de 4 partidos )ya cumplió uno), por haber insultado al árbitro en la primera semifinal en Londres ante el Arsenal por la temprana expulsión de Sime Vrsaljko.

Es que su presencia en el cuadrante es fundamental. Simeone corre, camina la cancha, protesta, está en todos los detalles. No se queda quieto. Sale a la cancha siempre con camisas azul, gris oscuro, negro o celeste. Nunca de blanco porque ese color identifica al Real Madrid, al que jamás dirigiría.

Como dice en su libro “El efecto Simeone” (2013) “El esfuerzo no se negocia”, una de sus máximas para toda la vida, y por eso no lo detiene ni el éxodo de jugadores como Diego Costa (que luego volvió), Agüero, Falcao, Courtois, De Gea, Mandzukic, Miranda, Villa y acaso, en unos días, Griezmann (al Barcelona).

Algunas frases muestran su manera de pensar, como cuando insiste en que “El DT debe entender que no es el director de la orquesta sino un instrumento de los dirigentes. En el momento en el que se cree el director de orquesta, pierde, porque hay un empleador del que uno depende de lo que en cada momento él considere y de la lectura que haga”. O que  “Entre el minuto 5 y el 25 del ST un DT demuestra si es bueno o no, si sabe leer el partido o no.

Reconoce influencias de Bilardo, Bielsa, Aragonés y cree que Basile “emocionaba con sus charlas previas” y que Bielsa “fue el que mejor preparaba los partidos”. Bilardo le hizo entender lo de “Todocampista” y lo sacó del esquema del medio con el 8, el 5 y el 10. Basile le dijo que un DT “debe tener enigma, que te vean y que no te vean, que estés y no estés”

“Yo lo  que busco en un análisis es intuir dónde el rival tiene más problemas. A partir de ahí empieza la preparación del partido. A partir de ahí, mis charlas son mínimas, duran 5 o 6 minutos en el vestuario. Cada partido es un proceso y se empieza a jugar en la conferencia de prensa porque hoy el poder de comunicación es enorme. No sé si es un juego de espías pero lo cierto es que uno va llevando adelante estrategias sobre cómo vender la manera en que va a jugar, y esas estrategias pueden estar basadas en la verdad o en el engaño”, dice en su libro “Creer” (2016).

Si no puede estar en la final de Lyon, su lugar lo ocupará su ayudante, el “Mono” Germán Burgos, a quien define como “un tipo noble”. “En 2002, Bielsa lo había sacado de la titularidad para el Mundial y se la dio a Pablo Cavallero, pero cuando quedamos eliminados ante Suecia y estaba dando la charla técnica sobre los errores que cometimos, él fue y lo abrazó y todos nos emocionamos”.

Simeone aclara aquella frase que quedó grabada, la de que hay que jugar “con el cuchillo entre los dientes”: “Cuando dije eso fue por instinto, espontáneo, después de perder 3-2 ante Serbia con la Selección en Mar del Plata bajo la lluvia y en pocos días había que jugar ante Uruguay en Montevideo por la clasificación al Mundial. Los uruguayos lo tomaron como que era con ellos y lo tomaron muy mal. Y yo lo dije más por nosotros que por ellos, fue un mensaje más interno, algo así como jugar con los dientes apretados”.

Para Simeone, el fútbol es la vida. Hasta sus tres hijos que tuvo con la ex modelo Carolina Baldini (ahora está en pareja con la ex modelo Carla Pereyra y tiene una hija de dos años, Francesca) lo practican –Giovanni en la Fiorentina, y Gianluca y Giuliano en River-: “Si un día no existiera más el fútbol, aunque sea para mí el fin del mundo, estoy convencido de que me reinventaría como persona. Seguiría cualquier luz que viera a lo lejos para hacerlo porque si algo tengo es iniciativa. No me quedaría quieto. Seguramente buscaría algo para competir, para disputar con mis mejores armas algo que esté en juego”. Concluye.








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