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lunes, 5 de junio de 2017

El Real Madrid de Zidane agranda el mito (Yahoo)




                                   
                                                         Desde Cardiff, País de Gales


No pudo tampoco esta Juventus del doblete en su país, con todo el poderío defensivo y un portero como Gianluiggi Buffon que aspiraba al Balón de Oro. Hizo lo que pudo en la primera parte, pero contra este Real Madrid es casi imposible aguantar los noventa minutos, y los blancos acabaron dando una fiesta que se parecía mucho a los partidos de la Liga Española ante casi todos sus rivales.

Este Real Madrid, que por primera vez en la historia moderna del fútbol europeo (la Champions comenzó a jugarse en la temporada 1992/93) logra repetir un título continental  en dos años sucesivos, cuenta con demasiada riqueza técnica en todas sus posiciones como para que alguien ponga en duda su dominio, cada vez más extendido.

Si en la primera parte la Juventus comenzó jugando de la manera que hay que enfrentar a un equipo como el Real Madrid, anticipando a sus receptores, estableciendo un fútbol físico y dinámico, atacándolo por donde se podía y asfixiándolo en su campo, los blancos se fueron acomodando con el correr del tiempo y el poder de gol de cristiano Ronaldo es tan fuerte que en uno de los primeros balones que tuvo en sus pies, ya estaban en ventaja.

La Juventus es mejor equipo que la mayoría y por eso llegó a la final, y entonces no se amedrentó y salió decididamente a buscar un empate que llegó de la manera menos prevista, con un gran gol de media chilena de Mandzukic, pero el Real Madrid ya había anunciado lo que pasaría con apenas algo de espacios porque pocas veces a una defensa como la turinesa le han llegado dos delanteros enfrentados a dos defensores.

Cuando llegó el gol de Casemiro, en la segunda parte, e inmediatamente aumentó Cristiano Ronaldo para el 3-1, la sensación de todo el estadio es que la final ya tenía dueño y que desde ese momento, casi que se jugaba sólo para completar la formalidad de los noventa minutos.

Tanto es el poder del Real Madrid, que aún siendo Gareth Bale el jugador mimado del público por ser el único galés de la noche (al que las cámaras tomaban para reflejar en las pantallas del estadio), no encontraba sitio en el equipo ni para ingresar como suplente porque con la aparición de los espacios, Isco Alarcón tuvo una gran noche hasta convertirse, para nosotros, en la figura  del partido, justo cuando era el candidato lógico a salir y por eso, el entrenador Zinedine Zidane optó por Benzema en esta oportunidad.

Ya todo lo que podía intentar desde el otro banquillo el entrenador Massimiliano Allegri, era en vano. Quitó a Barzagli para buscar una defensa que pasara de cinco a cuatro, con Juan Cuadrado agregando presencia en el medio, o con el ingreso de Mario Lemina por un casi ausente Paulo Dybala, bien rodeado, y descorazonado al no recibir nunca juego limpio, mientras que Higuaín y Mandzukic estaban completamente desconectados del resto.

Este Real Madrid se parece mucho, y quizá comience a reflejar a la perfección, aquellos deseos originales de su controvertido presidente, Florentino Pérez, cuando al asumir en 2000 hablaba de “Galácticos” o de “Zidanes y Pavones”.

El dominio europeo es ahora total, aún con Lionel Messi en el Barcelona, pero producto de un armado de jugadores que encontró ahora en Zidane lo que antes sólo había existido con Vicente Del Bosque, y ya en los últimos años, con Carlo Ancelotti, un entrenador de bajo perfil, que sabe manejar el vestuario y la prensa con mano izquierda, y que no atosiga a sus jugadores con gritos y gestos sin mucho sentido y que en general sólo agregan una cuota de histrionismo a un espectáculo muy necesitado de esto para la audiencia televisiva o para fabricar personajes.

No se llega a ganar tres Champions en cuatro años por casualidad. Hubo, por supuesto, situaciones polémicas, fallos arbitrales favorables más que discutibles como en cuartos de final ante el Bayern Munich en el Santiago Bernabeu, y hasta sorteos beneficiosos como el de la temporada pasada, que dieron al Real Madrid vía libre para una nueva final, pero con eso solo, no se gana.

Los blancos tienen por fin un equipo, en el que cada uno conoce su rol, con un portero como Navas que respondió siempre que fue necesario, un símbolo de la fuerza en Sergio Ramos, dos laterales completos como Carvajal y Marcelo, un volante de marca como Casemiro (a quien introdujo Zidane tras la salida de Rafa Benítez como entrenador en los inicios de la pasada temporada), que liberó a su vez a Toni Kroos, y otro volante de ida y vuelta como Modric, y no hace falta describir demasiado a su tridente ofensivo.

El Real Madrid llega entonces a su duodécima copa de Europa,  y la chance de jugar en diciembre el Mundial de Clubes de Emiratos Árabes, y en agosto próximo, la Supercopa de Europa ante el Manchester United de su ex entrenador José Mourinho, el mismo que acabó peleado con varios de los jugadores de mayor peso y que vivió de escándalo es escándalo.

También como campeón de Liga, jugará a doble partido ante el Barcelona por la Supercopa de España y los desafíos siguen, pero es claro que cuando un equipo se acostumbra a ganar, como el Real Madrid, el fútbol fluye de otra manera, 
espontáneamente, sin presiones, que es la mejor manera de salir a jugar.


Con resultados, apoyados en el buen juego, sin griteríos desde el banquillo, sin polémicas. El Real Madrid, otra vez campeón de Europa, vive horas dulces, y con razón.

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