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lunes, 7 de julio de 2014

Al final, siempre llegan los grandes (Yahoo)



                                                 Desde Belo Horizonte

Hay un dicho que se le suele atribuir a Gary Lineker, el ex gran delantero inglés, que dice que el fútbol “es un deporte que consiste en once jugadores de cada lado, con una pelota y en el que siempre ganan los alemanes”.

Tal vez la frase sea muy exagerada, pero no tanta como para no prestarle la suficiente atención. Sin meternos en el pasado muy remoto, si tomamos en cuenta las semifinales de los últimos once Mundiales, es decir desde hace cuarenta años, desde el de Alemania Federal de 1974, observaremos que salvo algunos equipos de moda que giraron en torno de uno o dos jugadores (Polonia de los setenta, Bulgaria de los noventa, España hasta recién, Croacia en los noventa) o por hacer valer la localía (Corea del Sur), por lo general son siempre los de mayor tradición los que llegan a estar entre los cuatro primeros.

En esa misma estadística, de once mundiales jugados desde 1974, Alemania fue finalista en ocho, Brasil en seis, Italia y Holanda en cinco, y Francia y Argentina en cuatro. Nada de esto puede ser casualidad y se debe a que hay algunos factores fundamentales para que esto ocurra aunque uno de ellos es el psicológico y otro, la tradición del país en su relación con el fútbol.

Suele suceder que cuando comienzan los Mundiales, muchos se sorprenden y elogian hasta el hartazgo a determinados equipos que, efectivamente, tratan bien la pelota, o sorprenden por su dinámica o por algún jugador en especial. Esa selección se transforma por unos cuantos días en el equipo de moda (en este caso, Costa Rica, aún más Colombia, en cierta forma Estados Unidos) hasta que llegan los fatídicos cuartos de final, que es cuando se produce el choque con los conjuntos llamados “tradicionales” y la aventura suele terminar allí.

¿Por qué sucede esto? Tal vez sea mejor que en algunos aspectos lo analizara un psicólogo, pero sí hay algo que pasa por el grado de compromiso con el torneo. Es decir, hay algunos equipos que, si bien ambicionan como todos ganar la Copa del Mundo, que abrazan ese sueño, en cierto lugar del inconsciente están cómodos con haber llegado a donde llegaron.

Es decir que aunque quieren ganar, en el caso de no concretarlo no habría una queja mayor y en cambio, cierta satisfacción por el deber cumplido.

Esto fue lo que le pasó especialmente a Colombia, que estaba para más, era uno de los equipos que mejor manejó la pelota, que contó con un armador de juego que en el mundo está en extinción como James Rodríguez, y que seguramente si tuviera que enfrentar a Brasil en cualquier territorio y bajo otra circunstancia, tendría muchas chances de imponerse, pero cayó sin atenuantes por el Mundial y ante un público adverso.

Se observa que ante Brasil, en este Mundial, los equipos que lo enfrentan deben atravesar distintas facetas: una primera de unos treinta minutos, en la que pesa mucho la localía. El himno, cantado a capella por los jugadores y los hinchas, termina teniendo el efecto del haka neocelandés y pocos consiguen resistir esa embestida (España, la campeona mundial y bicampeona de Europa, no resistió ni siquiera un minuto en la final de la Copa Confederaciones).

Pero luego, el efecto se vuelve contrario y si el rival logra aguantar hasta el final del primer tiempo, la presión del segundo (como ante Chile) se vuelve hacia los locales y recién retorna a su favor en los penales.

Costa Rica también jugó un excelente Mundial y sorprendió a todos y bien pudo pasar por penales ante Holanda, aunque en el partido hayan merecido más los naranjas, y una Bélgica que amenazaba con un torrente de fútbol con al menos un crack en cada línea, poco y nada pudo hacer contra Argentina, es decir, cuando otro de los grandes estuvo en la vereda de enfrente.

Y Francia misma, que tampoco es una selección sin historia, chocó, cuando tuvo que enfrentarse a una de las grandes como Alemania, contra un equipo firme, con recursos en todas sus líneas, y que no conoce de fronteras y aunque sepa de antemano que los europeos lo tienen difícil en Sudamérica como históricamente (jamás pudieron ganar en el continente americano en 7 ocasiones anteriores), llega con todo y con el íntimo deseo de conquistar el título que no consigue desde 1990 aunque tantas veces haya estado merodeándolo.

Pero además de las razones psicológicas están las futbolísticas. Brasil, aunque con Neymar (ausente desde ahora por lesión) supo avanzar ante distintas dificultades y pese a un plantel limitado técnicamente como pocas veces.

Alemania lo tiene todo. A la potencia y resistencia física que siempre fueron su fuerte, ahora agregó un toque especial, una cierta estética de juego, gracias al aporte de una generación joven con algunos hijos de inmigrantes.

Holanda reúne la clásica dinámica de Louis Van Gaal con un ataque punzante con el triplete Sneijder- Van Persie y Robben.

Y Argentina, aunque viene sufriendo por las lesiones de Agüero y ahora Di María, tiene en Lionel Messi a la principal carta del Mundial.

Es decir que más allá de la tradición, también hace falta una buena base técnica, pero siempre terminan llegando más o menos los mismos a las finales.





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