martes, 8 de julio de 2014

Alfredo Di Stéfano, el prototipo del todocampista (Jornada)





“No, no, así no, muchachos. Siéntense alrededor de mí, que les voy a hacer una serie de preguntas, porque no me gusta lo que vi. ¿De qué está hecha la pelota?”, preguntó con aire de inocencia un Alfredo Di Stéfano que se estrenaba como entrenador en el Espanyol de Barcelona. “De cuero”, le respondieron. “Y de dónde se saca el cuero?”, “De la vaca”, le dijeron, sonrientes, sin entender. “¿Y la vaca qué come?”, “pasto”, le  respondieron. “Bueno, pues el fútbol es eso: pasto, pasto, pasto, no la revienten más por el aire”.

Alfredo Di Stéfano amaba a la pelota. Decía que había que tratarla como a una mujer, con cariño. No por nada, tenía un monumento a ella en la puerta de su casa con la inscripción “Gracias, vieja”.

Di Stéfano fue un portento de fútbol, un fenómeno. El primer jugador de toda la cancha. Él se comía la cancha, con naturalidad. Y eso que tuvo que esperar cuando irrumpió en el magnífico River Plate en 1945, en años de “La Máquina” y otros componentes de ese mecanismo de relojería que compusieron Muñoz, Moreno, Pedernera, labruna y Lousteau porque no había lugar entre los titulares y entonces para 1946 aceptó una cesión a Huracán hasta que en 1947, Pedernera se fue a Atlanta y quedó el hueco, pero duró poco porque al año siguiente, con muchos otros más, emigraron al Millonarios del “Ballet Azul” por la huelga de futbolistas en Argentina.

No hubo tiempo para disfrutarlo mucho porque se fue del país muy joven aunque se recuerdan algunos cánticos populares como “Socorro, socorro, ahí viene la Saeta con su propulsión a chorro”, o “Aserrín, Aserrán, como baila el alemán”. Di Stéfano tuvo esos apodos, La Saeta Rubia o El Alemán.

Allí en Colombia, Di Stéfano se divirtió como nunca con sus compañeros argentinos en una liga pirata que pagaba muy bien y daba para todo –incluso, con un secuestro de la guerrilla cubana, que según él mismo, lo trató muy bien-, hasta que llegó aquella gira por España que transformaría su vida ya de grande, cuando en pleno franquismo, Real Madrid y Barcelona pugnaron por un pase que se convirtió en un problema político y cuya polémica perdura hasta hoy, con infinidad de libros y documentales.

Este cronista recuerda una hermosa charla con un gran columnista como es el director del diario deportivo “As” de Madrid, Alfredo Relaño, en su despacho, cuando contó hace poco tiempo que en verdad, lo que ocurrió es que Santiago Bernabeu, el entonces presidente del Real Madrid, fue más rápido que el Barcelona y al saber que la liga colombiana no tenía autorización de la FIFA, recurrió al club anterior, a River, y así se selló el pase, aunque le ofreció a su contrincante que Di Stéfano jugara un año para cada uno y luego decidiera. Los catalanes aceptaron cuando el argentino ya se había puesto la camiseta azulgrana y había maravillado junto a Ladislao Kubala, pero la situación hizo que se tomara un tren hacia Madrid y ya nunca se torcería el recorrido.
En Barcelona insisten en que fue el dictador Francisco Franco el que forzó la ida de Di Stéfano al Real Madrid.

“La Saeta Rubia fue el jugador más importante  del comienzo de la disputa de la Champions League. Esa era la referencia. Leía algo muy interesante en un viejo artículo exactamente el día antes del accidente del Torino en Superga (1949), que decía que justamente el Torino quería contratar a un jugador argentino muy fuerte que se llamaba Alfredo Di Stéfano y que iba a pagar 600 liras, que era una suma muy importante. Él por entonces jugaba en Colombia”, recuerda el reconocido periodista de La Gazetta dello Sport, Paolo Condo.

“Di Stéfano fue el primero que fue al mismo tiempo delantero y armador, como luego fue Johan Cruyff y que en Italia como último legado del rol es Francesco Totti, un “todocampista” que marca goles.

Luego vino la época de fulgor en el Real Madrid, que le debe tanto a Di Stéfano por las cinco Copas de Europa consecutivas (1956 a 1960), que hasta su muerte de ayer era presidente de honor.

Ácido al hablar, a veces no se le entendía demasiado por su vozarrón y sus palabras pronunciadas para adentro pero tenía sentencias duras (como apoyar a Lionel Messi como mejor jugador aún teniendo a Cristiano Ronaldo cerca, en el club blanco) y claras.

Nunca tuvo mano blanda y las dos veces que volvió a la Argentina como DT, fue para salir campeón. Una con Boca Juniors nada menos que en una definición ante River en el Monumental (Nacional 1969) y otra con River en 1982, cuando Mario Kempes se puso la camiseta de la banda roja y Norberto Alonso, enfrentado, prefirió irse a Vélez Sársfield.

No tuvo oportunidades mundialistas. Sólo viajó a Chile 1962 con la selección española pero no ingresó en ningún partido, y antes, fue campeón sudamericano de albiceleste con aquel brillante equipo de los Carasucias de 1957 en Lima, aunque de ellos, sólo Corbatta y Cruz pudieron estar presentes en Suecia 1958. Al terceto del medio no lo convocaron porque no se acostumbraba a llamar a los que se iban…

Lo dijo el Maestro Julio César Pasquato (Juvenal): “Alfredo  Di Stéfano regó con su sangre las canchas argentinas”. Un gran embajador argentino en el mundo. Un super crack que llevó el estilo criollo a todo el planeta.

Gracias, Alfredo. Gracias, viejo.


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