DESDE VIÑA DEL MAR, CHILE
Arrecian las críticas para la actuación de la
selección brasileña en la Copa América, de la que fue eliminada, por segunda
vez consecutiva, en cuartos de final y ante el mismo rival, Paraguay, y hasta
por la misma vía, los penales.
Y otra vez, como en la pesadilla de su propio
Mundial del año pasado, Neymar y Thiago Silva fueron protagonistas y no
precisamente positivos.
Si en el Mundial, Thiago Silva no pudo jugar la
semifinal ante Alemania y Neymar se quedó afuera del torneo en los cuartos ante
Colombia por la dura lesión en las costillas, y sus ausencias resultaron
fundamentales para el desastre del 1-7 en Belo Horizonte, ahora Neymar quedaba
excluído por una expulsión ante la misma Colombia, y Thiago Silva cometía una
mano increíble en su área que generaba el penal para Paraguay y el empate final
1-1 que derivó en los malditos penales.
Pero el problema de la selección brasileña no puede
reducirse a estos dos jugadores, por más que sean los mejores del equipo, tal
vez junto al arquero Jefferson y Daniel Alves.
Este Brasil dirigido por Dunga, en su segundo ciclo,
quiso creer en tantos directores técnicos que andan pululando por el mundo
asegurando resultados positivos, como si se tratara de una receta médica
infalible.
Nadie garantiza resultados y en todo caso, la mejor
forma de ir a buscarlos es tener una línea de juego, una filosofía de la que
partir, porque no se trata sólo de solidez defensiva o cierto equilibrio (que
se trata de un eufemismo para no decir “conservadurismo”).
Lo concreto es que desde hace ya muchos años, Brasil
no tiene talentos desequilibrantes en ninguna de sus líneas, a excepción de
Neymar. Y cuando éste no está, la selección verde-amarilla sufre demasiado porque
no tiene a nadie que genere algo distinto a lo que hay en el torneo.
No es que
Brasil sea peor que el resto. Lo que no consigue ahora, como antes sí, es ser
superior al resto. No impone condiciones. No parece superior. Es “uno más” con
mayoría de aceptables jugadores que hacen lo que pueden y que son también
buenos refuerzos en sus equipos.
Este ciclo brasileño comenzó una vez que se fueron
retirando los jugadores de una generación brillante, y que ganaron el Mundial
2002 de Japón-Corea del Sur, y que tuvo sus últimos coletazos en la Copa
Confederaciones 2005. Los Ronaldo Nazario, Ronaldinho, Rivaldo, Cafú o Roberto
Carlos, ya no tuvieron sucesores.
El fútbol brasileño empezó a quererse parecer al argentino ya desde hace más de una década,
confundiendo guapeza y firmeza defensiva con perder características propias
(como que sus marcadores centrales salgan jugando, que el cinco, que ellos
llaman “cabeza de área”, sepa recuperar la pelota y redistribuir, que los
laterales tengan potencia y sepan proyectarse hasta el borde del área chica
rival y que le sepan pegar al arco con dirección, que los extremos desborden,
que el nueve sea brillante e infalible).
Por eso, hoy Brasil produce jugadores en serie o
pudo darse el lujo de tener como centrodelantero titular en el Mundial a un
Fred. Porque no abunda el talento y hace lo que puede con lo que hay, y tampoco
se anima a mucho más por miedo a perder.
Cuesta creer que en una población de casi doscientos
millones de habitantes no haya cracks que lleguen a lo más alto. Algo ocurre en
las estructuras del fútbol brasileño, que deberá repensar seriamente los pasos
a seguir.
De hecho, por primera vez desde 2001 no estará en la
próxima Copa Confederaciones, en la que había jugado como campeón de América,
mundial, o por ser local. Todo un indicio de los tiempos que corren.
No hay comentarios:
Publicar un comentario