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lunes, 9 de junio de 2014

Un suceso lejano (Un cuento de Marcelo Wío)



Decían que había formado parte del equipo técnico de aquel Sporting Aquiles que salió campeón nacional en 1947. Decían, los que afirmaban esto, que algo había sucedido en el último partido y que él había sido el señalado como culpable del incidente. Después de ese partido, decían, había desaparecido. Algunos decían que había entrenado equipos infantiles en diversos pueblos del sur a los que se habían ido comiendo los médanos. Decir “decían” es una forma de desprestigiar o alabar; y siempre, de inventar, de fabular; pero es lo único que hay en este caso. O que había.
Mateo Varessi escuchaba, desde su rincón en el bar, sin desmentir, sin aseverar. Entretenido, tal vez, cansado, probablemente, de ese rastro de rumores persistente que recorría, antes o después, el camino de sus desplazamientos para dar con él.
Ninguno de los parroquianos se acercaba. Lo habían intentado años atrás, cuando Mateo apareció en el pueblo y eligió esa mesa e impuso un contorno de aridez y hosquedad alrededor de ese espacio de desmemoria que se permitía una o dos horas al día, mientras tomaba un café, o una caña o una manzanilla o lo que fuere: la consumición era sólo una excusa, algo a qué aferrarse.
Por ello, no entendieron por qué, cuando Lautaro Oreste se acercó a ofrecerle una rifa del Club Social, Varessi lo invitó a sentarse, suponiendo – Oreste no llegó ni siquiera a presentar el argumento que justificara esa violación de los Tratados del Café que suponía cruzar la Línea Varessi – que era otro que quería saber. Oreste se sentó por civismo; no le importaban los chismes sobre Varessi en parte porque no le interesaban las murmuraciones y en parte porque no le interesaba el fútbol (menos aún un evento tan trasnochado). Oreste levantó levemente la mano y se dispuso a promocionar la rifa, pero Varessi habló primero, y Oreste, a partir de ese momento, obedeció el papel que el destino o las necesidades de Varessi habían impuesto; a fin de cuentas, pensó, si al hombre no le gusta hablar con nadie y anda necesitando decir, quién soy yo para negarle unos instantes.
Varessi necesitaba decir. Desde aquél 3 de diciembre de 1947, cuando Sporting Aquiles salió campeón nacional y él tuvo que abandonar la ciudad, a los tres días, como un fugitivo, no había dado su versión de lo que había sucedido. Hacía unos días venía pensando que tal vez la huella de rumores podría ser revocada si ofrecía su relación del suceso. Pero no podía ponerse a hablar sin más; tenía que esperar a que algún despistado se acercara a intentar pescar alguna palabra. Siempre había alguno. Con el tiempo tendían a olvidarse de sus reparos y volvían a por anécdotas o lo que fuese que buscaban.
A los 20 minutos del primer tiempo íbamos dos goles abajo. Yo vi que el director técnico, un tal Abelardo Morón, que desapareció del fútbol grande en un benévolo acto del destino… como le decía…
Oreste…
Oreste, eso. Como le decía, vi que Morón no atinaba a hacer nada, los jugadores en la cancha andaban como bola sin manija, oteando hacia el banco con cara de qué hacemos. Me levanté y di dos o tres instrucciones al lateral para que las transmitiera. Pero eso, evidentemente, no iba a ser suficiente. Entonces, sin siquiera llegar a sentarme en el banco de suplentes, me fui hacia los vestuarios. No tenía aún idea de a qué o para qué, pero había algo, el principio de una idea que me iba llevando, conduciendo. No había nadie en esos pasillos precarios. Caminaba sin rumbo fijo, cuando vi la puerta del vestuario de árbitros. Entré sin pensarlo. No sabía a qué. Actuaba como bajo los efectos de alguna droga: un impulso desinhibido.
La ropa del árbitro y los jueces de línea estaba prolijamente colgada de perchas y ganchos que salían de una pared verdosa. Revisé los bolsillos de pantalones y sacos, pero no encontré nada… fuera de lo normal, las cosas habituales. Con los efectos del ímpetu mermados, me disponía a salir cuando se abrió la puerta. Una mujer que, a primera impresión parecía atractiva – luego, mirándola más detenidamente me di cuenta de que era una manufactura del maquillaje, el vestido ceñido y llamativo y la mala iluminación de la habitación – a favor de la muchacha, hay que decir que tenía un cuerpo de ovación. La muchacha me miró con desconcierto, pero sin temor. ¿Martinelli no está?, preguntó, mientras encendía un cigarrillo finito y largo. Martinelli, le aclaro, era el árbitro.
Está arbitrando, le deben quedar unos 10 minutos del primer tiempo todavía, le informé. La muchacha se sentó y yo hice lo propio.
¿Su mujer?, pregunté yo.
Lanzó una carcajada sobreactuada y se cruzó de piernas. No, querido – respondió, exhalando humo -, nada de eso.
Le hago corto lo que no tiene ni complicación ni misterio. Esta mujer era la amante de Martinelli, según me dijo ella misma; yo sigo creyendo que es una linda manera de nombrar otro tipo de relación más… mercantil. Como sea, Martinelli la veía durante los entretiempos, en su vestuario del estadio de turno – los jueces de línea se quedaban merodeando por el pasillo. Dígame usted si esta es una relación de amantes y no de otra cosa. Bueno, como sea, ahí se me ocurrió. La dejé a la muchacha en el vestuario pretextando que tenía que ir a preparar el vestuario propio para el entretiempo.
Corrí a la cancha y me fui detrás del arco que defendía nuestro portero. Evidentemente, los fotógrafos se habían ubicado en su totalidad de ese lado luego del 2 a 0 y de que Sporting Aquiles no reaccionara a los dos cachetazos bien merecidos. Allí estaba el negro Menéndez, fotógrafo de la revista Los Barones del Círculo Central. Lo conocía hacía años y siempre lo había ayudado a hacer su trabajo. Consideré que me debía una. Le chisté desde cerca del banderín del córner y cuando me vio, le hizo gestos para que se acercara. Vino mirando de reojo el partido.
Negro, necesito un favor, seguime. Había decidido no explicarle nada allí, donde sería más fácil que se negara; así que salí caminando y él detrás de mí. Recién en el pasillo vestuarios le expliqué sucinta y apremiantemente qué quería que hiciera. El vestuario de árbitros tenía una ventanita cerca del techo que daba a un patio en el que los jugadores salían a hacer ejercicios de calentamiento. Nuestro vestuario tenía una puerta a ese patio, evidentemente. Parado en una silla, con la cámara apuntando hacia adentro, yo estaría esperando a que se celebrara la cumbre comercial entre el árbitro y la muchacha.
Necesito que me prestes tu cámara.
¿Qué?
La cámara, negro, que me la prestes unos cinco o diez minutos.
¿Para qué la querés la cámara?
No importa. No te la voy a romper. Son dos minutos.
El negro me dio la cámara y yo salí al patiecito. A través de la ventanita vi a la chica sentada y fumando. Me pregunté si sería el mismo cigarrillo o si había encendido otro. Al parecer, la situación me había llenado de interrogantes detectivescos estériles.
El tiempo, que dicen que en esas situaciones de espera exaltada se alarga, pareció sufrir un salto. De pronto, y sin que me diese cuenta de la apertura de la puerta, el árbitro estaba en el vestuario en un estado muy predispuesto para la actividad comercial, si me entiende – Varessi no se molestó guiñarle un ojo a Oreste. Yo estaba allí con la cámara. Pero no para usarla. No tenía ningún sentido sacarle una foto. Es más, si no había foto, allí no había pasado nada… Lo importante es que creyese que yo había sacado una o varias fotos. Cuando estaban los dos desnudos, tumbados en el suelo – sobre un toallón morado -, le chisté al árbitro desde mi posición. Acá arriba, le indiqué. Lo dejé que viera mi cara y la cámara un rato y bajé de mi posición.
¿Ya está?, preguntó el negro, en el pasillo de vestuarios.
Un minutito más, negro; ya vengo, le dije mientras salía del vestuario de Sporting Aquiles – en el que los jugadores estaban con cara de entierro -  rumbo al de árbitros. Martinelli estaba vestido ya, la chica se había marchado.
Ahora entiendo el bajo número de amarillas y expulsados en los segundos tiempos de los partidos que arbitra, dije a modo de introducción. Aunque no creía que iba a tener que decir mucho más, Martinelli comprendió todo antes de que yo entrara en el vestuario.
¿Y después?, preguntó.
Esto nunca pasó. Las fotos nunca se van a revelar… es más, el royo se va a velar accidentalmente… soy muy atolondrado con estos cachivaches.
Lo demás es historia. Sporting Aquiles ganó 3 a 2 y fin del cuento. Lo otro… No sé cómo saqué una foto, si ni siquiera sabía dónde tenía que apretar. La cosa es que el negro la reveló, junto con las otras del partido. Y ahí estaban el árbitro y la muchacha. Y el negro sumó dos más dos y le dio tres: le había pedido la cámara, había estado en la zona de vestuarios y el partido había dado un vuelco.
El negro pasó por casa a la noche y me dijo que no me daba una idea de cómo lo lamentaba, pero que la revista me iba a denunciar por chantaje y coerción O…
¿O qué?
O te alejás del fútbol y…
Eso es algo que puedo entender… digo, a tu revista le interesa mantener limpio el deporte, así que mejor barrer la mugre debajo de la alfombra y que aquellos que hicieron el enchastre se mantengan lejos… Sí, lo entiendo…
O te alejás del fútbol y te vas de la ciudad. Lejos. A un lugar chico.
 ¿Irme de la ciudad? ¿Qué es, una película del Oeste?
No, la chica de la foto es la sobrina del señor General, el presidente…
¡¿Qué?! Pero si parece una…
¿No viste al tío recientemente?
Pero entonces, no podés ni denunciar…
Tal vez me expresé mal, por denunciar, el director de la revista hablaba de avisar a... bueno, a…
Sí, sí, ya entiendo.
Ya ve… ¿Oreste era, no? – Oreste asintió -, todo no fue más que una boludez nada lírica. El General Oviedo hace rato que no está, su sobrina andará repartiendo alegrías vulgares, y yo… Yo no lo sé. Creo que me quedé clavado en un momento que media entre el principio del partido aquel y la noche en que el negro Menéndez tuvo un gesto de compasión que durante años lo malicié como una putada suya (porque el negro era hincha de Atlético Troyano, el equipo que se vio perjudicado)… Pero, en fin,  Sporting Aquiles ganó… Y fue esa victoria - que los jugadores creyeron propia de su denuedo - la que abrió la puerta a otros triunfos más auténticos… legítimos. Si no hubiese sido por ese triunfo, le aseguro, Oreste, que Sporting Aquiles no tendría ni un tercio de los seguidores que tiene ahora.
Varessi dejó de hablar de pronto, se refugió en el vaso de cerveza tibia que había oficiado de púlpito o de red de seguridad.
Yo venía a comentarle sobre unas rifas… - comenzó a decir Oreste.
Métase las rifas en el culo, haga el favor – lo despidió Varessi, recomponiendo los límites de la confianza, las estructuras de la soledad.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Buenas, Sergio. Quería preguntarle si usted participó en una tertulia durante el Mundial de Japón-Corea en 2002 en Onda Cero junto a Luca Caioli, y Frédéric Hermel en el programa de Carlos Herrera.

Gracias de antemano.
Luis.