sábado, 21 de junio de 2014

La genialidad que tapó el desastre



                                          Desde Belo Horizonte

Este periodista trataba de hacer memoria, cuando abandonaba su pupitre para bajar a la zona mixta, para tratar de escuchar alguna frase que le explique un poco mejor lo sucedido en el Mineirao, sobre si alguna vez vio algo peor que lo de ayer de la selección argentina ante Irán en un Mundial o en algún torneo continental, y no parece existir nada igual.

La mayoría tenía preparada ya la crónica del desastre cuando Lionel Messi (¿quién, si no?) sacó un as de su larga manga, un remate combado, a su mejor estilo, que se clavó en el arco iraní y que le permitió a la selección de Alejandro Sabella un respiro, y en cierta forma, un elemento más para el eterno excusario.

La sensación es que no aprendemos más, que lamentablemente en estos dos partidos apareció algo que en este blog se viene advirtiendo desde tiempos remotos sobre que pocos pensaron en lo que podría sucederle a esta selección argentina el día que se topara contra equipos que tienen un cierto manejo de pelota, que gustan de la posesión del balón, que no lo ceben con facilidad, que no lo regalan ni lo comparten porque gustan de tenerlo.

Alguna vez, Alfredo Di Stéfano dijo que a la pelota había que tratarla con delicadeza, como a una mujer y hasta tiene en su casa de Madrid un monumento a ella, a la que tanto le debe, con la inscripción “Gracias, vieja”.

Quique Wolf, otro muy buen jugador en sus tiempos, hace su programa de TV acariciando una pelota. Pero la selección argentina no la quiere. Te la regala. Te la cede todo lo que quieras, para que cuando te equivoques, pueda contragolpearte y en dos toques, cuando ni te enteraste, ya estás perdiendo.

¿No querer la pelota? Es parte de este presente extraño, complicado, muy lejos de las más ilustres tradiciones del fútbol argentino pero es lo que hay. Sabella sale a la conferencia de prensa previa a un partido ante Irán (sí, ante Irán) a decir que uno de los propósitos es quitarles la pelota cerca de su propio arco.

Es un discurso interesante. Porque si salimos contra Irán pensando en quitarles la pelota, significa que partimos de la base de que la pelota….¿la tendrán ellos? Madre mía…

Pero es que el fútbol argentino no es que no anda bien porque no le sale la jugada, o porque tiene mala suerte, o porque no acertó con una determinada estrategia (que también), sino que parte de la idea de no jugar, de no disfrutar, de esperar el error, y en su lista no incluye a un solo armador de juego porque…¿para qué, si con lo que tenemos y los errores de los adversarios, nos sobra?

Lo cierto es que Irán, desde la pitada inicial, hizo lo que su muy buen entrenador portugués Carlos Queirós dijo que haría: reducir los espacios, poner atención y concentración en el juego, rodear a Messi, agruparse atrás.

Es que pensó que Argentina, una potencia mundial, iría por todo. Como dijo Queirós: “nosotros venimos a competir, ellos, a ganar”. Pero no pudo pensar en algo aún más raro: que Argentina no quiere atacar. No lo siente, no tiene criterio para tener la pelota. Le quema, no le gusta, se siente incómoda con ella, que es como si te sirvieran un plato de caviar con el mejor champagne y dijeras “no, gracias, ya tengo conmigo un paquete de papas fritas y una venida gaseosa, no necesito más”.

Y entonces, con un Messi que otra vez deambulaba por la cancha con una mirada distante que obliga a pensar si le pasa algo, con Di María pasado una vez más de revoluciones, con Gago que parece el de la última etapa en Boca, sin dar dos pases seguidos y protestando cada fallo al árbitro, con Agüero sin que sepamos si esconde alguna lesión, el equipo argentino comenzó a tener como figuras a Marcos Rojo y más allá de un par de centros y algún tiro aislado, se fue al descanso con muchas dudas y sin goles.

Ya al comenzar el segundo tiempo, los iraníes se dieron cuenta de que no era para tanto lo que había enfrente y se animaron y comenzaron a disfrutar con algún lujito, aunque fuera en el medio. Alguna gambeta y tres o cuatro llegadas con peligro que conjuró esta vez muy bien Sergio Romero, incluso un penal (que para nosotros fue, por llegar tarde a la pelota) de Zabaleta.

Claro, ya cuando corren los minutos llegan los nervios, la tensión que se notaba desde tribunas en estado de rumor en el Mineirao y Sabella prefirió hacer cambios que no fueron estructurales sino puntuales, aunque en pocos minutos, Rodrigo Palacio demostró que hoy es más que algunos titulares.

Ya preparábamos la crónica preguntándonos si este 0-0 ante Irán era equiparable a la derrota ante Camerún en el debut de Italia 1990, o al desastre de Suecia en 1958, o el día de Cachito Ramírez en la Bombonera con la eliminación mundialista de 1969, o la goleada contra Holanda en 1974 o la última ante Alemania en Sudáfrica, pero nada de eso parecía ser esto.

Y cuando ya faltaba casi apretar el “send”, llegó el conejo de la galera del genio, el tiro de Messi que alteró el título y la nota, como si el crack llegara recién vestido de otra fiesta, porque el fútbol es tan rico que tiene estas cosas y cuando menos lo esperábamos, frotó la lamparita y adiós trabajo abnegado de los iraníes.

Plin, caja, y a otra cosa. Ya explicaremos que la cancha estaba mal, o que hacía calor, o que lo importante era ganar. Palabras vacías, como se dijeron muchas en la zona mixta.

Este equipo necesita de un armador para saber explotar los huecos que dejan los adversarios, o para saber guiar a sus compañeros parando la pelota, para acabar a veces con ese torbellino de ataque que puede funcionar, pero que impide pensar para trazar la jugada.

Y ese armador no es Gago, un centromedio algo adelantado que suele buscar el enlace con Messi.

La ventaja para la selección argentina pasa por el calendario y los rivales y si Suiza o Ecuador esperan en octavos (cuidado ahora en Porto Alegre ante Nigeria), hay tiempo hasta para proyectar a cuartos.

Este periodista se acuerda de ese día de cuartos en Boston, cuando a su lado, un colega italiano escribía loas a su selección azzurra que acababa de eliminar a España con un golazo de Baggio. Al lado del texto, aparecía tachado un título escrito apenas minutos antes: “Disastro Sacchi”, pero esa Italia llegó a la final y perdió apenas por penales ante Brasil.

No somos los únicos, pero acaso seamos mucho más responsables de nuestros propios actos que aquellos a los que les atribuimos todos los males.

Sabella se fue preocupado del Mineirao. Nosotros, igual o más que él. Pero hay alguna buena noticia y es que peor no se puede jugar o, como sabiamente dice Joan Manuel Serrat: Bienaventurados los que están en el fondo del pozo, porque sólo les queda subir”.

¿Será aplicable a esta selección?

1 comentario:

Unknown dijo...

¿Por qué llamar genialidad a un típico gol de zurda de Messi desde la media distancia, un buen gol sin duda, pero de ahí a "genialidad"? Geneialidad es ésto...http://youtu.be/jICx9Z6N3sc